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Pico del Verde (dero Berde) 2.295 m. - 8-12-2002

La salida al monte estaba planeada desde hacía casi una semana, pero el objetivo no quedó fijado hasta el último momento. Dos días antes, nuestro destino era una larga travesía propuesta por Jorge ya el año pasado; consistía en salir desde Escarrilla hacia el pequeño pico Pimindalluelo y seguir por todo el valle del río Escarra hasta el collado del mismo nombre, y completando con el más difícil todavía teniendo en cuenta las horas de luz que ahora tenemos: bajar por el valle de Izas hasta el río Aragón, lo cual nos obligaba a disponer de un segundo coche en Canfranc. La tarde anterior, sábado 7-12-2002, Jorge y Raquel me comunicaron que esa misma mañana habían subido hasta el pico Pimindalluelo (1.975m), pero ni el tiempo ni la nieve habían contribuido para considerar la experiencia como plena. De hecho, en ese pico la travesía no ha hecho más que empezar, y ellos decidieron volverse. Esperamos que una fecha más adelante sea adecuada para completar ese interesante recorrido.

 

El caso es que decidimos encontrarnos por la mañana en la estación de Panticosa para hacer un recorrido más corto y más cercano al resto de la Humanidad. Este mismo día iban a esquiar en pistas un buen número de amigos. 

 

A las 9:45 estaba llegando al casi repleto parking 2 de la estación cuando Jorge y Raquel ya estaban esperándome preparados. Un organizar rápido de lo puesto y lo mochilable y pronto estamos en disposición de comenzar ... a decidir!. Raquel opina que lo mejor es que tomemos el telecabina para evitar el largo y tedioso camino que sube hasta la la cota 1.800. Jorge y yo pensamos que podemos comenzar a foquear desde abajo mismo, a pesar del mal aspecto que tiene el principio del camino. Raquel termina convenciéndonos y acabamos entre la densa cola de esquiadores y snowboarders, casi todos a la moda. Un abono de paseo de 10 euros cada uno nos permitirá subir en telecabina y, llegado el caso, bajar a la vuelta. Pero hay un pequeño detalle que me llama la atención: el empleado que nos da entrada a la zona de despegue del huevo nos indica que "no se puede subir con botas de esquí con este pase; ... pero bueno, ... ya que vais a hacer travesía ...". ¡¡Vaya!! -pienso- qué tendrá que ver el uso del remonte con la vestimenta que uno pueda llevar!! - me quedé con las ganas de pedirle que me lo explicara.

 

La nieve lo ha cubierto todoEn el telecabina íbamos planeando el recorrido a realizar, que consistía en llegar hasta el collado de Sabocos (collata del Verde en algún mapa) 2.090 m, y bajar por el Barranco de la Ripera hasta Panticosa. Y como la travesía la completaríamos antes de la hora de cierre de la estación de esquí, utilizar unos bonos basura (de personas que deciden marcharse antes del final) para esquiar en pistas.

 

El primer contacto con la nieve es muy agradable, no emocionante como me ocurría en tiempos más jóvenes, pero estoy contento. El día es mucho mejor de lo que podía imaginar mientras subía; luce un sol radiante sin nubes. De Biescas para abajo tienen el cielo cubierto.

 

Comenzamos a foquear y enseguida me siento fuera de lugar; somos como extraños gusanitos que arrastran sus zapatos en dirección opuesta a otros que bajan despendolados con o sin problemas de estabilidad. Y desde lo alto nos llega algún que otro grito de ánimo y chanza; son los conocidos que suben lento por el telesilla para llegar arriba pronto y bajar más rápido a por otro remonte que les suba lentamente, enseguida, a otro punto desde el que dejarse deslizar. 

 

La nieve polvo, seca, excelente, nos permite foquear buenas pendientes sin problemas. Nos dirigimos a la parte alta del camino que discurre por la ladera del Mandilar, y que nos permite cambiar a la vertiente Este por el punto del Malpaso, a 1.980 m. Desde aquí, una suave bajada deslizando nuestras pieles de foca nos lleva al comienzo de los telesillas que suben hasta el Mandilar uno, y hasta el Ibón de Asnos el otro. Allí coincidimos con Lola, Lourdes, Héctor, ... y alguno más de las alegres e interesadas amistades. En nuestras cabecitas afianzamos el afán por terminar el día esquiando con ellos, pero de momento nos espera un objetivo realmente más interesante.

 

Nos dirigimos hacia el Ibón de Sabocos, algo más bajo de nuestra situación, y al que llegamos en unos minutos. La cabaña que hay en su vera está casi cubierta de nieve. La superficie del lago está helada toda menos un pequeño trozo por donde desagua. Esto equivale a un pequeño problema, porque hemos de cruzar el riachuelo y no hay puentes de nieve. El paso consiste en una rampa de bajada de un metro, metro y medio de paso líquido y otra rampa de subida de otro metro, éste muy pronunciado. Jorge se decide sin reservas, rápido, y tras él, también mojando las pieles de foca, Raquel y yo. Unas pisadas de algún grupo que ha utilizadoPoco antes de llegar a la cornisa de Dios. raquetas nos permite foquear un poco más sin necesidad de abrir huella, aunque pronto las abandonamos para seguir nuestro propio camino. Momento que utilizan mis compañeros para hacer un pequeño alto en el camino. Comentamos que el alto riesgo de aludes anunciado no se corresponde con lo que vemos a nuestro alrededor, que se muestra entero, sin apenas coladas ni desprendimientos, y teniendo en cuenta que estamos en plena cara norte de la Sierra de Tendeñera, seguros pero prácticamente a la sombra de sus imponentes paredes. Aquí es donde decidimos hacer cima en el Verde en lugar de dar la vuelta a su alrededor.

 

Sigo por delante abriendo una huella de unos 10 cm de profundidad ascendiendo hacia el collado de Sabocos. Noto que los esquís no deslizan muy bien; la mojada de las pieles de foca ha hecho que se produzca hielo entre sus pelos y con él zuecos de nieve pegadizos. No es preocupante porque nuestro destino está cerca, pero está claro que hubiese sido mejor cruzar el arroyo con los esquís en la mano. 

 

A la llegada al collado ya podemos ver el umbrío Rincón del Verde, presidido por la peña Forato, y más allá la Punta de la Ripera y el pico Tendeñera. Impresionante vista. También puede apreciarse el refugio de Tendeñera, al que se accede por un paso que desde aquí se aprecia complicado para superar el Salto de Tendeñera, a los pies sur de la misma cima del pico Escuelas, totalmente expuesto a las avalanchas. Detrás nuestro, oeste, la estación de esquí ya está demasiado lejos como para romper el hermoso silencio. Y al norte, nuestro pico del Verde parece más arrogante de lo que nos parecía a lo lejos; tiene una parte final que tendremos que trepar entre rocas y nieve. Raquel no tiene muy claro su llegada a la cima. 

 

La bajada, un autentico placer.Seguimos foqueando por el lomo ligeramente acornisado al Este, que nos lleva a la base del pico. Y cuando llegamos al punto en que la pendiente se empina demasiado, Jorge y yo decidimos seguir con los esquís a la espalda mientras Raquel espera a observar nuestro desarrollo. Jorge abre huella por delante hundiéndose algunos pasos hasta los muslos, supera un tramo mixto con rocas seguras que aportan buenas presas y supera la parte final de nieve muy empinada, unos 50º. Yo le guardo una distancia prudencial de unos 20 ó 25 metros; y sólo en la parte final encuentro alguna dificultad debido a lo complicado para conseguir escalones seguros; y es que la nieve es muy profunda y suelta. Raquel parece haber observado mis problemas y decide esperar definitivamente.

 

Jorge y yo hemos alcanzado el lomo-cresta final y perdiendo de vista a Raquel continuamos paralelos a la cornisa que se adivina a nuestra izquierda. El va un par de metros por delante de mi, abriendo huella muy profunda. Progresamos lentamente, cerca de la cornisa; tan cerca que advierto a Jorge para que se aleje un poco de la orilla, pero veo que no se aleja lo que a mí me gustaría, y por un momento pienso en desviarme y dejar la comodidad que supone tener el camino abierto; pero continúo unos pasos tras él. En ello estaba cuando de pronto, un sonido seco y profundo: ¡¡CRJHHH!! se oye a la vez que nuestros cuerpos ceden con el suelo un par de centímetros ligeramente a la izquierda, a la vez que una pequeña grieta se abre bajo mis pies. Actuamos rápidamente, como si de un acto reflejo se tratase, tirándonos a rodar a la derecha, al lado contrario. Menudo susto. Parece que todo ha quedado en eso, puesto que la cornisa no ha terminado de romper por arriba. Pero quizás haya roto por abajo. 

 

Jorge está nervioso; apenas han pasado unos segundos y quiere bajar rápidamente. Intento calmarlo - tranquilízate, ¡descansa!, ... pero no me escucha, quiere bajar rápido. Apenas nos quedan 20 metros de desnivel hasta la cima. Bajo unos pasos tras él pero me detengo. Le animo para llegar arriba pero su impaciencia es ver a Raquel por si ha habido alud y ella lo ha percibido. Le anuncio que voy a subir yo, y que no tardaré en bajar. Y doy media vuelta para completar los últimos y penosos metros paralelos a la peligrosa cornisa. Por un momento temo que pueda llegar a la parte más alta y no me atreva a acercarme lo suficiente a la orilla como para poder ver lo que hay al otro lado, pero a lo lejos veo algo de colores -estacas, pienso- clavado en lo que parece lo más alto. Y pronto también a unas personas que descansan. Es la cima. Son tres jóvenes donostiarras que han subido por la cara norte, algo más suave que nuestra ruta. Mis primeras palabras hacen creer a uno que tengo acento catalán. Se lamentan de que mañana lunes tienen que trabajar, mientras aquí no sólo tenemos fiesta sino tanta nieve y sol.  Mi problema es que no tengo cámara de fotos para poder retener tanta hermosura de alrededor. Son sólo cinco minutos escasos mientras preparo mis esquís para la bajada y, enseguida me encuentro listo para empezar mi primer descenso de la temporada. 

 

La penosa subida de la cresta somital la bajo en menos de un minuto, y cuando tengo a la vista la pareja feliz, creo haber encontrado una pala de nieve no demasiado pronunciada que bordearía las rocas de la trepada y me permitiría llegar hasta mis compañeros sin necesidad de descalzarme los esquís, aunque no puedo ver hasta dónde llegan las rocas y, por tanto, si me voy a ver en la necesidad de remontar lo bajado en exceso. Pero Jorge me advierte que no lo haga, que la nieve está demasiado suelta y que hay caída por donde estoy pensando bajar. Así que decido destrepar y evitar los riesgos.

 

Efectivamente provocamos el alud, y Raquel, aunque no pudo verlo porque estaba tras un lomo que le tapaba la vertiente, sí que pudo oírlo y ver la nube de polvo provocada. Con lo que su preocupación y sus dudas sobre qué hacer se habían convertido en algo imperioso por resolver. Jorge hizo muy bien en contactar rápidamente con Raquel, pero ... todavía me queda la duda de saber por qué no decidió continuar hasta la cima, tan cercana, después de tranquilizar a Raquel. En fin, él nos lo cuenta más abajo.

 

A partir de aquí, la bajada la hacemos por el mismo sitio, por una nieve bastante profunda que nos permite girar sin excesivos esfuerzos. Desde el collado de Sabocos ya se aprecia el alud, ancho por arriba y encajonado por el medio y al final. Ha llegado a cruzar nuestra huella de subida, aunque ya muy débil. Su recorrido parece superior a 400 metros. Bajamos por unas bonitas palas de nieve virgen y pronto estamos en el Lago de Sabocos. Cruzamos el arroyo y allí mismo volvemos a poner las focas para dirigirnos al telearrastre más oriental de la estación de esquí; donde Jorge consigue que nos dejen subir sin billete, hasta el lago de Asnos. Son casi las tres de la tarde y, por tanto, nos quedan casi dos horas de esquí por las pistas. 

 

Pronto encontramos al grupo de amistades (Lola, Lourdes, Héctor, Benjamín, Tito, Belén, ...), casi una docena entre todos, y comenzamos otro período intenso de bajadas a todo trapo por todos los sitios. ¡Ufh! Vaya cómo bajan estos jóvenes ... y no tan jóvenes. Emoción y disfrute a raudales. 

 

Todo termina felizmente, esquiando casi hasta abajo, volviendo al cielo nublado y a la semioscuridad. Y con la despedida se promete otra de futuro. 

 

Donato Molina

DOMINGO 8 DIC 2002: MONTAÑA DEL VERDE (2.300 mts) 

"LA CORNISA DE DIOS". DONATO, RAQUEL, JORGE (Y Dios...que nos acompañó)

 

Este tercer día, Donato y yo aprendimos cómo se puede hacer realidad la típica frase que leemos siempre en los partes de riesgo de avalanchas cuando ha pegado el viento durante varios días formando placas y cornisas en las laderas de sotavento (las del lado contrario a la dirección del viento).

 

Prestando un poco de atención a la frase del parte de aludes, se deduce lo que experimentamos Donato y yo: ... SE HA DE PRESTAR ESPECIAL ATENCION EN ZONAS DE CORNISAS Y VENTISQUEROS QUE, DEBIDO A SUS DEBILES ANCLAJES, PUEDEN DESPRENDERSE POR LIGERAS SOBRECARGAS, O INCLUSO DE FORMA ESPONTANEA.

 

Así sucedió que por fin, sin quererlo ni beberlo, sin doscientos mil e-mails previos... el komando kroketa y otros amigos nos encontramos todos juntos en el parking de la estación de esquí de Panticosa. Estaban casi todos: Lola, Lourdes, Myriam, Benjamín, MA (faltaban Arturo, Karmelo, Elvira, Teresa y Juanadones). Por otro lado, Héctor, Tito, Belén, Joaquín Gayarre. Y luego Donato, Raquel y yo.  (Seguro que me dejo a más de uno que ya va a dejar de ser amigo mío). Tampoco pudo atravesar el túnel de Bielsa Christine Riesch...

 

Mientras todos se cogían el bono de día, Donato, Raquel y yo nos compramos el bono de paseo del huevo de Panticosa (10 E) y nos subíamos al centro de la estación, para foquear desde allí al ibón de Sabocos y luego al Collado de Sabocos.

 

La idea era hacer "La vuelta al Verde" (o al Faceras). Subir primero hasta el collado de Sabocos y luego volver bajando por la Ripera, para evitar subir a picos cargados en un día de tan alto riesgo...

 

Pero Donato y yo nos emocionamos al llegar a según qué sitios y solemos discurrir planes más ambiciosos (y fantasiosos) conforme las travesías avanzan (Sin ir más lejos, el cambio que hicimos del modesto Bateillance por el respetable Soum des Salettes... casi un tres mil... el puente de la Inmaculada del año pasado...).

 

El día seguía soleado, sin viento, con las preciosas luces de diciembre haciendo brillar los diamantes de la nieve...

 

Pues bien, una vez llegados al collado de Sabocos (2.090 mts), mirando hacia la izquierda, al sur, vimos que teníamos a tiro de piedra el Pico El Verde (2.300 mts), aproximándonos a su cima por su ladera sur, que en los últimos metros de empinaba de tal manera que exigía descalzar esquís. Sabido es que, tras 4 días de viento del norte, las laderas de exposición sur, como la que empezábamos a ascender, se cargan de nieve venteada desde la cara norte, formando placas de nieve mal asentada. Hasta ahí bien, pues el lomo sur que subíamos con suaves zetas no pasaba de los 20 grados de inclinación. 

 

El tema venía luego, con las cornisas de la cima que nos saludaban y que llevaban 48 horas suspendidas tras la última gran nevada y, peor aún, derritiéndose y humedeciéndose poco a poco, con el rato que llevaban al sol, a la 1 de la tarde... Llegando al pie de la subida final, Raquel decide quedarse y no quiere subir más.

 

Para el tramo final hacia el lomo de la cima era cauto (y esencial) descalzar esquís para no ofrecer más que una muy débil sobrecarga a la nieve, cuyas laderas subían a más del 35% de inclinación hacia la cima. Donato y yo exploramos las distintas vías de acceder al lomo de la cima, observando con detenimiento los riesgos de cada una y buscando la más segura. La trepada no tiene más de 20 metros, pero se empina conforme se acerca al lomo de la cima.

 

Vemos cornisas a punto de desplomarse a izda y a derecha. Pero justo en centro, una serie de rocas afloran, testificando la escasa profundidad de la nieve en ese lugar, además de carecer de cornisa la parte justo encima de ellas. Por allí iremos!

 

Me subo con los esquís a la espalda para tentar a Raquel a que nos siga, con huella hecha, y así bajar luego por la suave y más segura ladera de la cara norte.

 

Una vez estemos en la cima Donato y yo ella será libre de decidir si nos damos los 3 la vuelta o se une a nosotros en la bajada por el otro lado.  Le digo a Donato que quiero ir yo primero y que me deje espacio antes de seguir mi huella, por seguridad. Comienzo la aproximación hundiéndome muy poco, algo más que el tobillo, pero conforme la ladera se empina a 40 grados y llego a las rocas, me resbalo dentro de la nieve a cada paso que doy. Intento meter las rodillas para ganar terreno y no parecer un perro derrapando con las patas traseras en la nieve. Incluso abro a veces las piernas en oposición todo lo que puedo para poder ascender pequeños palmos con la pierna recta, sin que la rodilla choque con la nieve y me haga caer de nuevo.

 

Para ganar fuerza de tracción me agarro con las manos a las presas que me ofrecen las rocas que sobresalen, haciendo uso de ellas como lo haría un escalador de hielo con sus piolets. Los últimos dos metros, ya sin rocas a las que agarrarse en la trepada, son los que más miedo me dan, pues, aunque no hay cornisa, no sé cómo de estable está la nieve sobre la que me estoy agarrando. La pendiente es de 50 grados... pero estoy ya casi arriba. 

 

El manto está muy poco transformado. No puedo agarrarme a la nieve con las manos pues está tan suelta que me la llevo conmigo. Así que, para transformar mis brazos en nuevos "piolets-tracción", introduzco a cada paso mis brazos en la nieve, casi hasta el hombro, elevando mi cuerpo con la ayuda de estas nuevas levas que me he inventado. En 4 pasos de brazos y piernas llego al lomo de la cima. Uff... estoy sudando a chorro, el corazón me va a mil y no paro de resoplar.... Me imagino a los que abren huella en el Himalaya y no me puedo creer que puedan subir ochomiles abriendo huella hasta la cintura... deben de ser super-hombres... con la hipoxia de un ochomil. Aquí, a 2.300, hay casi tanto oxígeno como en Zaragoza...

 

Desde donde estoy, me quedan unos 30 o 40 metros de suave lomo hacia la izquierda, en dirección Oeste, hasta la cima. Empiezo a caminar hundiéndome hasta la rodilla, la nieve está muy acumulada aquí por el viento que la ha subido por todo el suave lomo norte del Verde. Me dirijo hacia la izquierda acercándome a la cornisa, pues espero encontrar la nieve más venteada y prensada, donde me hunda menos. Donato, con más experiencia en escalada que yo, ha llegado hasta el lomo de forma más sencilla y se me une. Me avisa de que no me acerque tanto a la cornisa. Me mantengo a algo más de un metro de la cornisa. En un momento en que mi pie se hunde más de la cuenta, noto que mi bota pisa roca debajo de mi. Confiado por tanto de que ando sobre tierra firme, sigo progresando a algo más de un metro del borde de la cornisa, que mira al sur, a nuestra izquierda.

 

De repente, nos quedamos petrificados cuando la nieve se abre entre nuestros esquís como la tierra que se abre en los terremotos, con un sonido zizallante que sólo puedo describir como un inmenso "crack". Metro y medio de cornisa se desprende al vacío a nuestra izquierda. Una centésima de segundo después de escuchar el crujido, Donato y yo nos lanzamos instintivamente al lado contrario como un portero de fútbol en un penalti, haciendo más presión en el impulso con el esquí de la derecha, ya que el de la izquierda se ha quedado sin apoyo...

 

Todo esto ocurre en un segundo. Nuestra reacción se dispara como un acto reflejo que pasa por la médula espinal y se da la vuelta al músculo sin pasar por el cerebro. Como cuando uno se quema con una sartén y quita la mano rápidamente sin pensar.

 

Tras aterrizar en el suelo, escuchamos el sonido desgarrador de la placa de nieve que se está deslizando ladera abajo hacia el abismo y el estruendo que de toda la nieve que va arrastrando.

 

Me pongo de pie nerviosísimo, jadeando, pálido... y le digo a Donato. "Vámonos de aquí ya!". Donato trata de calmarme e intenta hacerme ver que no ha pasado nada (porque Dios no ha querido) y que hasta la cima nos quedan 20 metros de suave andar alejados de la cornisa (ya inexistente, claro).

 

Pienso en Raquel, que debe de haber oído el crujido y luego el ensordecedor ruido de todo el alud de placa cayendo por la ladera de 50 grados. Además Raquel no tenía visión directa de la cornisa que acabábamos de tirar pues llevábamos unos metros andando hacia la izda en una zona ya oculta a su vista.

 

Me imagino lo que debe de estar pasando por su cabeza y le grito con todas mis fuerzas. No la oigo contestar, pero algo me dice que ella tampoco me oye a mí. Cada segundo que pase Raquel sin oírnos le va a hacer creer que nosotros nos hemos ido abajo con la cornisa. "Donato, me voy a por Raquel!". Donato entiende mi postura y me pide que le esperemos abajo, que él quiere seguir hasta la cima, que está al lado.

 

Empiezo a volver corriendo sobre mis pasos, muy, muy alejado de la cornisa. Llego rápidamente al borde donde he llegado trepando y veo a Raquel. Le grito que estamos bien, que no se preocupe. Desciendo destrepando de espaldas lo más rápido que puedo y llego corriendo hasta ella, que está hecha un desastre, con lágrimas en los ojos. Durante los 40 segundos que pasaron desde que se desprendió la cornisa hasta que me vio gritarle, Raquel no podía creerse lo que estaba pasando. Se
repetía a ella misma: "Esto no nos está sucediendo de verdad!!". No sabía qué hacer. Si coger la pala e ir a media ladera a ver qué había pasado, o bajar o subir... Tan sólo había escuchado un crujido, seguido de un estruendo y había visto una polvadera de nieve levantarse hacia el cielo detrás de las rocas que le impedían ver lo que había pasado... justo igual que en un vídeo sobre aludes que le había enseñado hacía sólo 3 semanas.

 

Tras un largo abrazo le prometo no volver a asustarla de esa manera y actuar como la teoría me dice al comienzo de una travesía y no como el corazón me tienta a mitad de las excursiones.   Esa cornisa tenía todas las papeletas para caerse, tras varios días de viento norte formándola previamente, con una perfecta exposición sur, con un soleado día derritiéndola... y con la "débil" sobrecarga de dos imbéciles caminando sobre ella. 

 

Una y no más. Los libros sobre aludes y los partes están para avisar de lo que puede ocurrir alguna nunca ocurre... hasta que un día ocurre.

 

A veces Dios no da una segunda oportunidad al imbécil que a pesar de leer un parte y estudiar la metereología días y semanas antes, incluso desde Egipto por internet, luego desoye las advertencias y cree inofensivas las partículas de nieve suspendidas sobre precarios anclajes invisibles para el esquiador de fin de semana.
  Pero Dios existe y nos ha protegido... esta  vez, avisándonos con un susto de muerte. Lo volverá a hacer la próxima vez? No quiero conocer la respuesta. De ahora en adelante, Donato y yo aprenderemos a juzgar mejor por dónde no desplazamos y por dónde no debemos pisar. Y nos daremos media vuelta aunque nos falten 5 metros para la cima.

 

Ser montañero significa, ante todo, estar en la montaña. Las cimas vendrán unos días y otros habrá que renunciar a ellas. Pero ninguna montaña vale la vida de ninguna persona.

 

Creo en Dios

 

Jorge

La prudencia se hace más fuerte con las malas experiencias. -Donato Molina-

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