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Así comienza la segunda y más
interesante parte. Chavi, Alex y Jorge se van turnando en la
cabeza abriendo huella. Por detrás, casi pegados, Edesio y
Donato vamos disfrutando de la comodidad
del camino abierto; y Antoñanzas
va quedándose poco a poco a un ritmo más turístico.

Antes de llegar al Plan de Usabas,
empiezo a notar que mis
huesos no están de acuerdo con tanto castigo y empiezan a
quejarse; de manera que cuando llego a la altura del refugio de
Usabas, cada paso es un dolor, y cada cinco, uno que pierdo
respecto de la cabeza. Y eso sin contar las paradas para las
fotos, obligadas. ¡Qué vas 'hacer! la panorámica no hace más que
tentar.
Cruzado el llano de Usabas
(1.830m, las 12:06) el camino gira brusco a la derecha (Noreste)
por canales evidentes camino del gran circo de Zarrambucho. Los
zigs-zags se suceden a
menudo cada vez que hay que sortear la cabecera de alguna canal.
Nuevo llano, nueva canal, y así sucesivamente.

Hemos salvado la mitad del
desnivel y hemos invertido casi tres horas y media; mucho
tiempo, pero también mucha distancia. A partir de ahora, el
desnivel caerá más rápido.
A Edesio puedo distinguirlo
todavía a lo lejos; de los galgos sólo unos puntitos que se
mueven, también separados. Por detrás no veo a Antonio.
No hemos parado a almorzar, por
tanto, cada vez es más importante hacerlo. Además, el dolor de
las ingles sólo cede cuando me paro. Intento inventar un modo de
progresar, de manera que, ladeando el cuerpo a un lado y al otro
(tal que Fraga Iribarne) consigo que las piernas avancen con su
propio peso, por efecto de la inercia. Pero los pasos son más
cortos y más lentos. No llego a jadear en ningún momento porque
el dolor puede incluso con mi fondo físico, impidiéndome andar
de forma natural. Estoy preocupado. ¡Vaya inicio de temporada!
Edesio no termina de marchar; va
esperándome. A 2.045m, 12:40 h, llegamos a un balcón muy
aparente, con una roca descubierta ideal para hacer un alto para
el almuerzo. Allí están los tres del equipo de galgos,
recogiendo ya mochila para continuar después de su merecido
reposo con viandas al gusto. Salen justo a la llegada de Edesio
que, sin parar, continúa a paso más calmo. Yo prefiero sentarme
al sol y agradecer al estómago lo que me están jodiendo las
ingles. Podría parecer a una oxidación de las articulaciones,
como si les faltase 3 en 1.
Un cuarto de hora de verdadero
placer y arreando de nuevo para arriba. Justo el momento en que
Antoñanzas aparece cien o ciento cincuenta metros por abajo, lo
cual me alegra y grito para darle ánimos.
Con paso tranquilo, luchando
contra el dolor con andares de viejo, voy progresando por la
excelente huella de mis compañeros. La nieve costra se ha
impuesto desde Usabas y, con seguridad que se convertirá en un
problema a la bajada.
Con la cabeza baja, puesta en
sueños imposibles, voy progresando hasta dar con el cuerpo de
Edesio, que se ha parado a comer y a cambiar una de sus pieles
que no terminan de pegar. Está terminando y continúa
inmediatamente que yo le paso. Estamos en la cueva de las
Grallas, a unos 2.200 m.
Pin pan pin pan, llegamos juntos
al circo de Zarrambucho y, allí, en su ladera este, decido no
forzar más mis huesos. El sol se concentra en el circo y golpea
con fuerza; hace calor. No hay jadeos; el cansancio se ha
concentrado en las piernas y el dolor solo desaparece si me
paro. Da igual que me ría.
Despido a Edesio, que seguirá un
poco más -dice-, me quito los esquís, y me echo en la nieve para
refrescar el cuerpo, pero no puedo aguantar más de 15 segundos,
porque la nieve se transforma rápidamente y al instante siento
humedad helada. Así que coloco la mochila debajo de mi trasero
y, sumiso y cabizbajo ante el sol, intento descansar las piernas
y el espíritu. Es un momento especial, muy especial. Intento
recordar cuándo me he dado la vuelta en una ascensión siendo
bueno el tiempo, pero no recuerdo ningún caso, salvo por mal
tiempo o por otros motivos ajenos a mi físico. Será que estoy
desentrenado, algo que vengo diciendo desde hace semanas; o será
que me estoy haciendo viejo; o las dos cosas a la vez; será.
Casi me dan ganas de llorar, y a buen seguro que lo haría si no
fuera porque no me divierte. Después de todo, bajo este
solecito, sentado en mullido (espero no explotar la bolsa de la
cantimplora, por lo que pueda pasar), se está superior; tanto
que estoy entrando en un estado semisomnoliento con placer y
abandono. Estoy dando cabezadas y me gusta. Espero no caer de
bruces a la nieve.

Casi tres cuartos de hora desde
que decidí no seguir, estimo que ya es hora de ponerse en camino
de bajada. Son las 2:43 y sigo en los 2.350 m fatídicos. No veo
a nadie alrededor. La vista tampoco es la de los 20 años.
Y como auguraba más abajo, la
nieve costra se muestra intratable. Me veo bajando haciendo
medias laderas y vueltas marías hasta la cabecera del Barranco
del Puerto. Y casi, porque salvo algunos giros sobre nieve polvo
o muy transformada, no me quedan más recursos que largas medias
laderas y vuelta maría; a partir de los 2.050 m, siguiendo la
huella que Antoñanzas ha ido dejando. Puedo ver incluso los
zapitostes que ha dejado en sitios donde, con seguridad, se ha
caído. Abajo me comentó con satisfacción que, sólo se había
caído tres veces. Por mi parte, poniendo mucho cuidado, conseguí
no caerme, aunque estuve a punto dos o tres veces.
Llegado al Plan de Usabas, la
nieve cambia de forma espectacular y, en adelante, en sombra, se
baja sobre pendiente reducida y nieve suelta; una delicia. No
permite hacer apenas giros porque casi no hay pendiente, pero se
baja sin esfuerzo a una velocidad entre 5 y 15 km/hora.
Luego llegan los largos falsos
llanos de la pista, en los que algo hay que remar con los
bastones y, con paciencia, se llega al punto donde se acaba el
esquí para volver a situarlos de antena (1.295m las 4:20 de la
tarde) y ... alegría!, Edesio me ha dado alcance antes de
comenzar a andar y bajaremos juntos hasta el coche.
Comentando nuestras aventuras
particulares, vamos bajando por la senda balizada. El dolor ha
cedido bastante, estoy más animado.
Y a las 4:54 llegamos abajo, donde
Antonio espera descansando la llegada de todos. Y poco más de 10
minutos después, aparecen los tres más jóvenes tal como lo había
pronosticado Antoñanzas: corriendo, contentos y con hambre. Y a
pensar en la siguiente.
Donato. 29-1-2006.
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