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Donato
Molina.- Calatayud
19
de mayo de 2001; son poco más de las 2 de la tarde y
acabamos de llegar al Hospital
de Benasque. Ahora se está ampliando su
construcción a más del doble el hotel, albergue y
refugio -todo a la vez-. En su acogedor restaurante
tomamos un buen almuerzo y relajamos el cuerpo, un
tanto entumecido del viaje de tres horas desde
Calatayud. Y tras el disfrute del ágape, el corto
paseo en coche hasta la Besurta |
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Llano
de la Besurta, son casi las cuatro de la tarde. Todavía es primavera, hemos podido
recorrer toda la pista, motorizados, pero dentro de mes y medio,
cuando vuelva el turismo veraniego, volverán a
restringir su acceso desde la entrada al Llano del Hospital, y volverá el servicio de
autobuses.
Arriba, en el fondo de la pista,
la cantidad de coches aparcados en cualquier sitio donde
haya espacio, agobia un poco. Una gran parte de ellos
son de montañeros que se
aprovechan de la altura del macizo para hacer las
últimas travesías de la temporada, puesto que apenas
quedan sitios en el Pirineo donde hacer travesía con
esquís. Y estamos de enhorabuena, porque la cota de
nieve esquiable está por debajo del refugio de La
Renclusa, a unos 2.000 m; un lujo del que nos disponemos a
disfrutar los dos más viejos del club. Todavía no
somos abuelos, pero .... potencialmente ... bastaría
con un desgraciado penalti. -Toca madera Carlos.
El que sí acaba de nacer es Alejandro, futuro
montañero si por su padre fuese, ¿no?, ¿Ricardo?.
En fin, preparados con más peso a la espalda
del deseado, comenzamos la marcha a contracorriente de
la gran mayoría de personas que van dando por
finalizada la jornada y vuelven a sus coches. |
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El día es precioso, y tenemos suficiente tiempo
para llegar a nuestro destino sin necesidad de
forzarnos. Esta vez me he embadurnado bien de crema
solar, harto de padecer de piel quemada.
Hemos
preguntado antes de empezar la marcha sobre el estado
de la nieve y nos han dicho que la bajada es
impresionante arriba, aunque un bastante húmeda
abajo, -igual que en las pistas.
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Pronto echamos las tablas al suelo y agradecemos
el peso quitado. Ahora, la mayor preocupación
consiste en no subir demasiado sin antes coger agua,
porque más arriba es muy difícil encontrar
torrenteras del deshielo.
Tras
casi una hora de marcha tranquila, con un sol
imponente, la necesidad ya no sólo es coger agua,
sino también beber. Sin problemas; allí mismo
aparece, entre unas hermosas rocas calentadas, un
regador de medio litro por segundo (por lo menos), de
un agua limpia y tan fresca como la nieve. Con mi vaso
azul de plástico, que siempre llevo a la alta
montaña, nos ponemos buenos y cargamos las
pilas.
Y
seguimos subiendo hacia el sur, dibujando zetas en la
nieve sopa. |
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La
panorámica aumenta su espectacularidad a medida que
subimos. Pincha aquí a la derecha y se te ampliará
una bonita panorámica con el Pico de Paderna en el
centro y las Tucas Blancas de Paderna más a la
izquierda en contraluz; y a la derecha, la cresta de
Gorgutes, por la que van apareciendo las primeras
nubes de evolución. Bonita ¿eh?. |

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Como
casi todas las marchas, los movimientos rutinarios
permiten que la cabeza dé rienda suelta a la
imaginación, a los recuerdos; y así, subo tranquilo,
inmerso entre un ligero sopor mental y la ligera tensión
muscular, que como si de un motor se tratase, mantiene
un ritmo constante que llega a ser incluso agradable,
sobre todo comparado con los esfuerzos de cualquier
día de entrenamiento. Juan Carlos va por detrás;
procuro no perderlo nunca de vista. Curiosamente,
cuando salimos juntos en bici de montaña, siempre es
al revés. |
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Tras
un par de horas de marcha, decidimos buscar una buena
roca para reponernos un poco, pues, aunque la fatiga
no llega a ser grande, el ritmo constante y la
fortaleza del sol nos hacen sudar bastante. Estamos a
2.500 m, y la ropa consiste en unas mallas y una fina
camiseta con mangas largas.
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Apenas
hay rocas cercanas en nuestro camino. Dirijo la media
ladera hacia un grupo de ellas y antes de cinco
minutos ya estamos comiendo alimento muy energético y
bebiendo. Hemos de poner atención en dosificar el
agua porque ya no encontraremos más hasta mañana, y
no llevamos infiernillo para derretir nieve. |
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Pronto
estamos de nuevo en marcha. La nieve está mejorando a
medida que subimos. El cielo, totalmente despejado al
este y al sur, se va cubriendo al oeste y al norte con
las nubes de evolución que siguen pasando de Francia
por los puertos.
Mientras
el fondo del valle se oscurece, la parte alta de los
picos, en poniente, se llena de matices anaranjados,
de tonos calientes. El sol, entre las nubes, cerca de
la puesta, cambia muy rápido el paisaje, dejándonos
disfrutar de una espectacularidad cambiante, delicia
para cualquier fotógrafo que se precie. |
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Llegamos
a la altura del Portillón Superior, y a la parte baja
del Glaciar de Maladeta. Notamos que la nieve empieza
a estar bastante dura. La multitud de trazas y pisadas
de todo el camino, se ha cambiado por pequeñas marcas
de los cantos de los esquís, y de las puntas de los
crampones o las raquetas. El suelo se ha vuelto muy
liso, sigue empinado pero liso.
Las
pieles de foca ya no pisan bien el suelo, lo que
obliga a rebajar la inclinación de los zig zags y
poner un poco más de atención para que los esquís
no derrapen.
En
un pequeño descuido, se me cae un bastón y lo veo resbalar
glaciar abajo unos metros mientras le grito asustado.
Por fortuna sólo fueron unos metros. Apenas nos
quedaban 200 m de desnivel para llegar a la base del
corredor que accede al Collado de la Rimaya, punto de
acampada, pero decido poner las cuchillas a los
esquís y así se lo comunico a Carlos, que viene unos
50 m más atrás.
Para
evitar sustos, hago una pequeña plataforma a base de
fuertes pisadas y pongo atención de que nada se me
escape, puesto que cualquier objeto caído, bajaría
cientos de metros por la pendiente. De pronto, escucho
un silbido que aumenta con rapidez, y veo pasar a unos
cinco metros, disparada, una bola de hielo del tamaño
de un balón de fútbol. Quizá haya alguien arriba,
pensé.
Con
las cuchillas aumenta enormemente la seguridad en el
paso, y así, enseguida llegamos a nuestro objetivo,
estamos a 3.104 m.
Son las 21:20 horas, todavía hay mucha luz y el suelo
es perfecto, llano, bastante duro aunque no
excesivamente, ideal para fijar la tienda. A lo que
nos aplicamos rápidamente tras el saludo de
reconocimiento mutuo.
Pero,
hay un problema: ¿Y los clavos?. -¿Qué clavos?.
-Los de la tienda. ¡hostia!!. -Bueeno, el viento
está en calma, y tenemos buenos pinchos: dos piolets
y cuatro bastones, y si necesitamos más, cuatro
esquís. Haciendo un pequeño agujero con el piolet,
los bastones entran profundo, y los piolets .... ¡A
ver ...!, -Sin problemas.
Dentro
de la tienda, y dentro del saco, vivimos otra gloria
particular, sobre todo cuando asomamos la cabeza y
sentimos el frío que hace fuera.
20
de mayo de 2001. A
las 7:30 de la mañana levanto, me visto con ropa de
abrigo y salgo a la nube; hay una espesa niebla. Así
no podemos subir. Desde entonces y hasta casi las 12
del mediodía, seguiremos calentitos dentro de la
tienda, comiendo, descansando más si cabe, hablando
entre nosotros y con la gente que va llegando y
poblando el lugar a la espera de que escampe lo
suficiente para decidirse a subir. |
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La
gente, fuera se empieza a inquietar: ¡Me estoy
quedando de plástico!, -Hay que decidirse o nos
quedaremos pajaritos. ... Un par de entendidos
debatían sobre la antigüedad de mis fijaciones:
-¡hostia!!, éstas eran de las que se rompía la
base. Unas viejas Marker de muelle que ya compré el
año 76. A lo largo de los años han tenido varias
averías pero nunca se me rompieron por la base. Y
nunca me han dejado tirado (aunque casi).
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Bueno,
se acabó, basta de ocio. Para arriba, con niebla o
sin ella. Nos quedan 200 m de desnivel y no serán
ningún problema. Además, ya hace un rato que la
gente se ha decidido a subir. Nos preparamos y
marchamos dejando la casita revuelta. |
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El
corredor de nieve tiene una inclinación de unos 55
grados en la parte más empinada; con piolet y
crampones se sube sin problema alguno. Una vez arriba,
en el collado, entablamos conversación con unos que
bajan (evidentemente no tenemos prisa).
De
pronto, nos sorprende una visión de claridad hacia el
valle entre la niebla, a lo que Jorge, un pediatra que
acabamos de conocer se apresura a tirar unas fotos.
Bajaba de la cima, harto de esperar a que se despejara.
Estábamos comentando la estampa tan especial que
produce un agujero de claridad en la niebla, cuando de
pronto, como una exhalación, desaparece la niebla y
se nos presenta la mejor imagen que podríamos
esperar.
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Empiezo
a lamentarme de la mala pata de haber acabado, ayer,
con la batería de la cámara de fotos, poco antes de
llegar a la zona de pernocta. |
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Jorge
comenta la mala pata de sus compañeros que se han
dado la vuelta a mitad de camino a la vista de que las
cimas estaban cubiertas. "-Hay que saber
renunciar", comenta que decían.
Seguimos,
la cima está a escasos cinco minutos. La vista
disfrutando en cualquier dirección.
Jorge
nos pasa, dice que está nervioso, que quiere llegar
arriba rápidamente.
En
la cima, (3.308 m) todas las cámaras se pasan de
manos. -Ahora una a nosotros. -Ahora a mí aquí.
-Cógeme con ese fondo.
-Mirad,
el lago de Cregüeña está totalmente helado. |
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Mirando
la cartografía, a Juan Carlos se le ocurre que
podríamos hacer otro pico más, que está cerca: el
pico Abadías. Dicho y hecho. Tranquilamente, después
de hacer una buena tanda de fotos, para las que hemos
de pedirnos permiso en la cima unos a otros debido el
reducido espacio que tiene, salimos cuatro en dirección sur,
siguiendo el lomo-cresta que nos llevará en un cuarto
de hora al segundo tres mil: Juan Carlos, Jorge, Carlos y Donato. |
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Un
pequeño problema que nos está dando la nieve es la
facilidad con la que forma zuecos entre las puntas de
los crampones.
Utilizo
mi viejo piolet de madera para quitarlos, golpeando
lateralmente sobre las botas. Hasta una vez en que me
quedo sorprendido viendo como la punta se desprende
limpiamente ante un golpe seco. Aaaahhh!! se rompe a
pedazos mi viejo material. Carcajadas. Juan Carlos me
pide permiso para contar lo que le pasó a mis botas
de pista en marzo, en la última visita a Formigal.
Aaaahh!!.
Bueno,
pues .... bien mirado, hasta se podrá arreglar el
piolet. Naturalmente que sí; solo que será un poco
más corto. |

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De
momento, hoy podré seguir utilizándolo, porque la
nieve permite clavar bien aunque no lleve punta, con
el muñón ¡¡JAAA JA JA JA!!. -¡Hay que ver! -¡Paqué!. |
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Antes
de llegar a la cresta, fácil, que nos lleva a la
reducida cima de un picacho que creíamos era el pico Abadías, pasamos por
un collado donde una canal de
nieve un poco empinada (45 ó 50 grados) muestra un fácil
descenso al glaciar de Aneto, cambiando de
vertiente.
Por
cierto, es curioso, pero la cresta de los portillones,
que separa los glaciares de Aneto y de Maladeta,
divide también dos vertientes muy distintas: La de
Aneto, por medio del río Garona, lleva las aguas del
deshielo al Atlántico; mientras que la de Maladeta,
por medio del Esera, el Cinca y el Ebro, al
Mediterráneo. |
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A
la derecha
tenemos a los intrépidos posando en la cima del que
creían pico
Abadías, con el pico Maldito al fondo, muy cerca. Mi
bigote estaba detrás de la cámara :-)).
Y
vuelta al pico de la Maladeta para comenzar la bajada.
Primero al Collado de la Rimaya para descender la
parte más delicada de toda la excursión: la empinada
canal que nos dejará en la parte superior del glaciar
de Maladeta, donde despedimos a los colegas y
recogemos todos los trastos, casita y camita
incluidas. Todo cabe en la mochila; sorprendentemente
maravilloso.
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He
probado mi cámara y ... otra sorpresa: funciona!!. Se
ha recargado la pila; le ha debido venir bien el
descanso. Me lamento por no haberla probado antes de
subir, por no haberla subido; pero, en fin, nos queda
una buena gráfica de la cámara de Juan Carlos.
Así que vuelvo a disparar nuevas
fotos antes de terminar de recoger todo el montaje. En
la foto, la tienda ya tiene algunos vientos quitados,
las pieles de foca expuestas al sol sobre ellas.
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Hacia
el sur podemos ver una esplendorosa panorámica del
pico, con el corredor por el que se accede a la cresta
cimera. Pincha sobre la foto pequeña y disfrútala. A
sus pies hemos permanecido 15 horas, nada menos; una
buena parte de ellas durmiendo.
Hacia el norte, un verdadero caos de nubes
evolucionando con rapidez. Basta con poner un poco de
atención a la misma vista con un intervalo de dos
minutos para apreciar cambios sorprendentes en la
fotografía.
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La
panorámica hacia el norte, con muchas nubes, muy
atractiva,
refleja muy bien el contraste con la anterior, que
mira al sur. Ambas secuencias
de fotos, al norte y al sur, están tomadas en el
mismo momento; la primera está compuesta por cuatro
fotos unidas, y la segunda solo dos.
Llama
la atención la vista sobre la cima del pico
Salvaguardia: mirando la foto, parece que puede estar
a nuestra altura, sin embargo, la realidad es que se
encuentra a más de 300 metros por abajo nuestro.
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Y
después, a esquiar. Hacemos una bajada con muchas paradas,
sobre una nieve excelente mientras cruzamos el
glaciar, húmeda enseguida que lo dejamos, y bastante
pesada cuando nos acercamos al
llano de La Renclusa, donde beberemos agua y saludamos al guarda del refugio, Antonio
Lafón, que
ya lo ha cerrado hasta la semana que viene, ha abierto el libre, y se
baja a Benasque. Pronto
se abrirá de forma continua hasta el otoño.
Y
aún nos volveremos a poner los esquís para bajar
unos cien metros más de desnivel. Para terminar con
el último paseo hasta el coche.
Son
casi las 4 de la tarde. No estamos cansados.
Inevitablemente nos viene al recuerdo la excursión de
hace dos años, en la que la misma pareja subimos
desde el Plan D'Están hasta el Aneto y bajamos en el
día.
Pero
eso fue otra historia.
Vicente
y Enrique lo han hecho hoy, Basurta-Aneto-Basurta.
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Juan Carlos Aragües
Donato Molina
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