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MALADETA ORIENTAL - 20-5-2001 

Donato Molina.- Calatayud

 

19 de mayo de 2001; son poco más de las 2 de la tarde y acabamos de llegar al  Hospital de Benasque. Ahora se está ampliando su construcción a más del doble el hotel, albergue y refugio -todo a la vez-. En su acogedor restaurante tomamos un buen almuerzo y relajamos el cuerpo, un tanto entumecido del viaje de tres horas desde Calatayud. Y tras el disfrute del ágape, el corto paseo en coche hasta la Besurta

Sorprende la cantidad de nieve que hay a estas alturas de la temporada. 

 

Llano de la Besurta, son casi las cuatro de la tarde. Todavía es primavera, hemos podido recorrer toda la pista, motorizados, pero dentro de mes y medio, cuando vuelva el turismo veraniego, volverán a restringir su acceso desde la entrada al Llano del Hospital, y volverá el servicio de autobuses.

 

Arriba, en el fondo de la pista, la cantidad de coches aparcados en cualquier sitio donde haya espacio, agobia un poco. Una gran parte de ellos son de montañeros que se aprovechan de la altura del macizo para hacer las últimas travesías de la temporada, puesto que apenas quedan sitios en el Pirineo donde hacer travesía con esquís. Y estamos de enhorabuena, porque la cota de nieve esquiable está por debajo del refugio de La Renclusa, a unos 2.000 m; un lujo del que nos disponemos a disfrutar los dos más viejos del club. Todavía no somos abuelos, pero .... potencialmente ... bastaría con un desgraciado penalti. -Toca madera Carlos.

 

El que sí acaba de nacer es Alejandro, futuro montañero si por su padre fuese, ¿no?, ¿Ricardo?.

 

En fin, preparados con más peso a la espalda del deseado, comenzamos la marcha a contracorriente de la gran mayoría de personas que van dando por finalizada la jornada y vuelven a sus coches.

Panorámica desde las cercanías del refugio, que continúa con sus interminables obras.

 

El día es precioso, y tenemos suficiente tiempo para llegar a nuestro destino sin necesidad de forzarnos. Esta vez me he embadurnado bien de crema solar, harto de padecer de piel quemada.

 

Hemos preguntado antes de empezar la marcha sobre el estado de la nieve y nos han dicho que la bajada es impresionante arriba, aunque un bastante húmeda abajo, -igual que en las pistas.

 

Pronto echamos las tablas al suelo y agradecemos el peso quitado. Ahora, la mayor preocupación consiste en no subir demasiado sin antes coger agua, porque más arriba es muy difícil encontrar torrenteras del deshielo.

 

Tras casi una hora de marcha tranquila, con un sol imponente, la necesidad ya no sólo es coger agua, sino también beber. Sin problemas; allí mismo aparece, entre unas hermosas rocas calentadas, un regador de medio litro por segundo (por lo menos), de un agua limpia y tan fresca como la nieve. Con mi vaso azul de plástico, que siempre llevo a la alta montaña, nos ponemos buenos y cargamos las pilas.

 

Y seguimos subiendo hacia el sur, dibujando zetas en la nieve sopa.

 

La panorámica aumenta su espectacularidad a medida que subimos. Pincha aquí a la derecha y se te ampliará una bonita panorámica con el Pico de Paderna en el centro y las Tucas Blancas de Paderna más a la izquierda en contraluz; y a la derecha, la cresta de Gorgutes, por la que van apareciendo las primeras nubes de evolución. Bonita ¿eh?.

Las tucas esperan a las nubes que pasan de Francia por los puertos.

 

Como casi todas las marchas, los movimientos rutinarios permiten que la cabeza dé rienda suelta a la imaginación, a los recuerdos; y así, subo tranquilo, inmerso entre un ligero sopor mental y la ligera tensión muscular, que como si de un motor se tratase, mantiene un ritmo constante que llega a ser incluso agradable, sobre todo comparado con los esfuerzos de cualquier día de entrenamiento. Juan Carlos va por detrás; procuro no perderlo nunca de vista. Curiosamente, cuando salimos juntos en bici de montaña, siempre es al revés.

Sin guantes, sin abrigo, sin ruidos, sin gente, sin prisas.

 

Tras un par de horas de marcha, decidimos buscar una buena roca para reponernos un poco, pues, aunque la fatiga no llega a ser grande, el ritmo constante y la fortaleza del sol nos hacen sudar bastante. Estamos a 2.500 m, y la ropa consiste en unas mallas y una fina camiseta con mangas largas. 

 

 

 Apenas hay rocas cercanas en nuestro camino. Dirijo la media ladera hacia un grupo de ellas y antes de cinco minutos ya estamos comiendo alimento muy energético y bebiendo. Hemos de poner atención en dosificar el agua porque ya no encontraremos más hasta mañana, y no llevamos infiernillo para derretir nieve. 

 

Pronto estamos de nuevo en marcha. La nieve está mejorando a medida que subimos. El cielo, totalmente despejado al este y al sur, se va cubriendo al oeste y al norte con las nubes de evolución que siguen pasando de Francia por los puertos.

 

Mientras el fondo del valle se oscurece, la parte alta de los picos, en poniente, se llena de matices anaranjados, de tonos calientes. El sol, entre las nubes, cerca de la puesta, cambia muy rápido el paisaje, dejándonos disfrutar de una espectacularidad cambiante, delicia para cualquier fotógrafo que se precie.

 

Llegamos a la altura del Portillón Superior, y a la parte baja del Glaciar de Maladeta. Notamos que la nieve empieza a estar bastante dura. La multitud de trazas y pisadas de todo el camino, se ha cambiado por pequeñas marcas de los cantos de los esquís, y de las puntas de los crampones o las raquetas. El suelo se ha vuelto muy liso, sigue empinado pero liso. 

 

Las pieles de foca ya no pisan bien el suelo, lo que obliga a rebajar la inclinación de los zig zags y poner un poco más de atención para que los esquís no derrapen.

 

En un pequeño descuido, se me cae un bastón y lo veo resbalar glaciar abajo unos metros mientras le grito asustado. Por fortuna sólo fueron unos metros. Apenas nos quedaban 200 m de desnivel para llegar a la base del corredor que accede al Collado de la Rimaya, punto de acampada, pero decido poner las cuchillas a los esquís y así se lo comunico a Carlos, que viene unos 50 m más atrás. 

 

Para evitar sustos, hago una pequeña plataforma a base de fuertes pisadas y pongo atención de que nada se me escape, puesto que cualquier objeto caído, bajaría cientos de metros por la pendiente. De pronto, escucho un silbido que aumenta con rapidez, y veo pasar a unos cinco metros, disparada, una bola de hielo del tamaño de un balón de fútbol. Quizá haya alguien arriba, pensé.

 

Con las cuchillas aumenta enormemente la seguridad en el paso, y así, enseguida llegamos a nuestro objetivo, estamos a 3.104 m.

 

Son las 21:20 horas, todavía hay mucha luz y el suelo es perfecto, llano, bastante duro aunque no excesivamente, ideal para fijar la tienda. A lo que nos aplicamos rápidamente tras el saludo de reconocimiento mutuo.

 

Pero, hay un problema: ¿Y los clavos?. -¿Qué clavos?. -Los de la tienda. ¡hostia!!. -Bueeno, el viento está en calma, y tenemos buenos pinchos: dos piolets y cuatro bastones, y si necesitamos más, cuatro esquís. Haciendo un pequeño agujero con el piolet, los bastones entran profundo, y los piolets .... ¡A ver ...!, -Sin problemas.

 

Dentro de la tienda, y dentro del saco, vivimos otra gloria particular, sobre todo cuando asomamos la cabeza y sentimos el frío que hace fuera.

 

 20 de mayo de 2001. A las 7:30 de la mañana levanto, me visto con ropa de abrigo y salgo a la nube; hay una espesa niebla. Así no podemos subir. Desde entonces y hasta casi las 12 del mediodía, seguiremos calentitos dentro de la tienda, comiendo, descansando más si cabe, hablando entre nosotros y con la gente que va llegando y poblando el lugar a la espera de que escampe lo suficiente para decidirse a subir. 

Cuando Jorge hizo esta foto, JCarlos y yo estábamos en la tienda, entre la niebla.

 

La gente, fuera se empieza a inquietar: ¡Me estoy quedando de plástico!, -Hay que decidirse o nos quedaremos pajaritos. ... Un par de entendidos debatían sobre la antigüedad de mis fijaciones: -¡hostia!!, éstas eran de las que se rompía la base. Unas viejas Marker de muelle que ya compré el año 76. A lo largo de los años han tenido varias averías pero nunca se me rompieron por la base. Y nunca me han dejado tirado (aunque casi).

 

Bueno, se acabó, basta de ocio. Para arriba, con niebla o sin ella. Nos quedan 200 m de desnivel y no serán ningún problema. Además, ya hace un rato que la gente se ha decidido a subir. Nos preparamos y marchamos dejando la casita revuelta.

 

 El corredor de nieve tiene una inclinación de unos 55 grados en la parte más empinada; con piolet y crampones se sube sin problema alguno. Una vez arriba, en el collado, entablamos conversación con unos que bajan (evidentemente no tenemos prisa).

 

De pronto, nos sorprende una visión de claridad hacia el valle entre la niebla, a lo que Jorge, un pediatra que acabamos de conocer se apresura a tirar unas fotos. Bajaba de la cima, harto de esperar a que se despejara. Estábamos comentando la estampa tan especial que produce un agujero de claridad en la niebla, cuando de pronto, como una exhalación, desaparece la niebla y se nos presenta la mejor imagen que podríamos esperar.

Jorge Garcia nos hizo esta foto, donde se aprecia el pico Abadías detrás.

 

 Empiezo a lamentarme de la mala pata de haber acabado, ayer, con la batería de la cámara de fotos, poco antes de llegar a la zona de pernocta.

Carlos y Jorge, colegas de ocio y profesión

 

 Jorge comenta la mala pata de sus compañeros que se han dado la vuelta a mitad de camino a la vista de que las cimas estaban cubiertas. "-Hay que saber renunciar", comenta que decían.

 

Seguimos, la cima está a escasos cinco minutos. La vista disfrutando en cualquier dirección. 

 

Jorge nos pasa, dice que está nervioso, que quiere llegar arriba rápidamente.

 

En la cima, (3.308 m) todas las cámaras se pasan de manos. -Ahora una a nosotros. -Ahora a mí aquí. -Cógeme con ese fondo. 

 

-Mirad, el lago de Cregüeña está totalmente helado.

 

Mirando la cartografía, a Juan Carlos se le ocurre que podríamos hacer otro pico más, que está cerca: el pico Abadías. Dicho y hecho. Tranquilamente, después de hacer una buena tanda de fotos, para las que hemos de pedirnos permiso en la cima unos a otros debido el reducido espacio que tiene, salimos cuatro en dirección sur, siguiendo el lomo-cresta que nos llevará en un cuarto de hora al segundo tres mil: Juan Carlos, Jorge, Carlos y Donato.

 

Un pequeño problema que nos está dando la nieve es la facilidad con la que forma zuecos entre las puntas de los crampones. 

 

Utilizo mi viejo piolet de madera para quitarlos, golpeando lateralmente sobre las botas. Hasta una vez en que me quedo sorprendido viendo como la punta se desprende limpiamente ante un golpe seco. Aaaahhh!! se rompe a pedazos mi viejo material. Carcajadas. Juan Carlos me pide permiso para contar lo que le pasó a mis botas de pista en marzo, en la última visita a Formigal. Aaaahh!!.

 

Bueno, pues .... bien mirado, hasta se podrá arreglar el piolet. Naturalmente que sí; solo que será un poco más corto.

Desde la cima, contemplamos las últimas rampas. Foto de Jorge García.

 

De momento, hoy podré seguir utilizándolo, porque la nieve permite clavar bien aunque no lleve punta, con el muñón ¡¡JAAA JA JA JA!!. -¡Hay que ver! -¡Paqué!.

Volviendo a Maladeta desde el pico Abadias. Foto García Dihins

 

Antes de llegar a la cresta, fácil, que nos lleva a la reducida cima de un picacho que creíamos era el pico Abadías, pasamos por un collado donde una canal de nieve un poco empinada (45 ó 50 grados) muestra un fácil descenso al glaciar de Aneto, cambiando de vertiente. 

 

Por cierto, es curioso, pero la cresta de los portillones, que separa los glaciares de Aneto y de Maladeta, divide también dos vertientes muy distintas: La de Aneto, por medio del río Garona, lleva las aguas del deshielo al Atlántico; mientras que la de Maladeta, por medio del Esera, el Cinca y el Ebro, al Mediterráneo.

La vista más preciada de la excursión (si no fuera por los dos que hay delante).

A la derecha tenemos a los intrépidos posando en la cima del que creían pico Abadías, con el pico Maldito al fondo, muy cerca. Mi bigote estaba detrás de la cámara :-)).

 

Y vuelta al pico de la Maladeta para comenzar la bajada. Primero al Collado de la Rimaya para descender la parte más delicada de toda la excursión: la empinada canal que nos dejará en la parte superior del glaciar de Maladeta, donde despedimos a los colegas y recogemos todos los trastos, casita y camita incluidas. Todo cabe en la mochila; sorprendentemente maravilloso.

 

Cima del que creíamos pico Abadías, y que realmente no lo es.

Bajamos el corredor para desmontar la acampada y volver al valle.

 He probado mi cámara y ... otra sorpresa: funciona!!. Se ha recargado la pila; le ha debido venir bien el descanso. Me lamento por no haberla probado antes de subir, por no haberla subido; pero, en fin, nos queda una buena gráfica de la cámara de Juan Carlos.

 

Así que vuelvo a disparar nuevas fotos antes de terminar de recoger todo el montaje. En la foto, la tienda ya tiene algunos vientos quitados, las pieles de foca expuestas al sol sobre ellas.

 

 

 

Hacia el sur podemos ver una esplendorosa panorámica del pico, con el corredor por el que se accede a la cresta cimera. Pincha sobre la foto pequeña y disfrútala. A sus pies hemos permanecido 15 horas, nada menos; una buena parte de ellas durmiendo.

Hacia el norte, un verdadero caos de nubes evolucionando con rapidez. Basta con poner un poco de atención a la misma vista con un intervalo de dos minutos para apreciar cambios sorprendentes en la fotografía.

 

94 Kb tiene la imagen ampliada.

Vista hacia el noroeste y norte.

La panorámica hacia el norte, con muchas nubes, muy atractiva, refleja muy bien el contraste con la anterior, que mira al sur. Ambas secuencias de fotos, al norte y al sur, están tomadas en el mismo momento; la primera está compuesta por cuatro fotos unidas, y la segunda solo dos.

 

Llama la atención la vista sobre la cima del pico Salvaguardia: mirando la foto, parece que puede estar a nuestra altura, sin embargo, la realidad es que se encuentra a más de 300 metros por abajo nuestro.

  

Y después, a esquiar. Hacemos una bajada con muchas paradas, sobre una nieve excelente mientras cruzamos el glaciar, húmeda enseguida que lo dejamos, y bastante pesada cuando nos acercamos al llano de La Renclusa, donde beberemos agua y saludamos al guarda del refugio, Antonio Lafón, que ya lo ha cerrado hasta la semana que viene, ha abierto el libre, y se baja a Benasque. Pronto se abrirá de forma continua hasta el otoño.

 

Y aún nos volveremos a poner los esquís para bajar unos cien metros más de desnivel. Para terminar con el último paseo hasta el coche.

 

Son casi las 4 de la tarde. No estamos cansados. Inevitablemente nos viene al recuerdo la excursión de hace dos años, en la que la misma pareja subimos desde el Plan D'Están hasta el Aneto y bajamos en el día. 

 

Pero eso fue otra historia.

 

Vicente y Enrique lo han hecho hoy, Basurta-Aneto-Basurta.

 

 

Juan Carlos Aragües

 Donato Molina

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