Se asciende pronto el Lurien. La
fuerte pendiente comienza en el mismo parking, por senda
bien marcada, entre precioso bosque que pasamos sin
contemplar, mirando de evitar sus ramas con nuestros esquís
convertidos en antenas. Y no sólo es la pendiente; también
es la prisa de los que marcan la cabeza del grupo el motivo
de la prontitud.
Mi
fatiga no me permite hablar, pero no es problema, nadie
habla más allá de pequeños comentarios.
A la salida del bosque, cuando la
pendiente remite, todavía tenemos lejos la nieve que nos
permita progresar con esquís. Podría ser un buen sitio para
rebajar la fatiga pero, realmente, lo que permite es
aumentar la velocidad. No es como andar sobre algo llano,
sino más bien un baile sin ritmo fijo que alterna un caos de
continuos movimientos distintos. Los brazos, las manos y los
bastones, actuando como catalizadores del equilibrio
consiguen un aporte adicional de velocidad.
Se ha levantado un viento moderado
con aire tan fresco que helaría los huesos si parásemos tan
solo unos minutos, pero gracias a la quema rápida de
calorías, no va más allá de un frescor casi agradable.
Todavía no vemos el sol más que reflejado en las laderas
opuestas del valle de Ossau.
La llegada a la nieve se convierte
en punto de reunión; para calzar esquís y seguir pronto, sin
demoras, con menos peso a la espalda, y por tanto, con algo
más de capacidad, de velocidad. Cuchillas sobre la nieve
dura desde el primer paso. Salvamos desnivel rápido; mi
altímetro me está dando velocidades cambiantes según la
dureza de las rampas, pero oscilando entre 10 y 14m/minuto.
Hasta más arriba del lac de Lurien, donde comienzan las
verdaderas rampas fuertes.
Un embudo, tapizado por el centro
con un largo alud de hace unos días, obliga a cambiar los
esquís por los crampones o a poner mucha atención a cada
paso ante el riesgo de resbalar, perder el control de los
cantos y las cuchillas y terminar con los huesos a gran
velocidad ladera abajo.

No hay incidencias; poco a poco
vamos progresando sobre la zona más empinada, la más
espectacular, la de mejor panorámica, la más cercana a la
cumbre.
Cuando
estaba llegando a la cima, la arista era muy estrecha, pero
también el mejor camino para llegar foqueando. Pasé la zona
más expuesta atento a cualquier racha de viento por la
derecha -el que había formado la cornisa-, suponía un
peligro potencial ante el vacío que se abría medio metro a
la izquierda. Estaba consiguiendo llegar hasta arriba con
esquís calzados; y además, la fatiga había remitido minutos
atrás. Por contra, los últimos 200m de desnivel se habían
convertido en una auténtica lucha por mantener el equilibrio
sobre un suelo demasiado inclinado duro y peligroso. Quizá
fue el espíritu de ese tal
Mendía el que
me hizo exponer algo más de lo normal; o también, el hecho
de que Alex estuviera subiendo por delante sin aparentes
complicaciones.
El
caso es que, en plena pendiente, las posibilidades de parar
a calzarme los crampones eran ya más arriesgadas que
mantener el paso lento y controlado con cuchillas mordiendo
la totalidad, sin calzas en la talonera. Jorge, Latre y
Recio, en cambio, disponían de más seguridad sobre sus
crampones y más velocidad de subida.
Calcé mis esquís con
cierta incomodidad y me dispuse a bajar esquiando. Los
cantos agarraban bien y los giros salían a placer a pesar de
la fuerte pendiente. Adelanté a Recio, que cramponeaba con
cuidado en la bajada. Recuerdo que solté al aire alguna
interjección, mezcla de placer y fuerte sensación. Tras unos
pocos minutos de espera en la base de la pala somital donde
reunirnos todo el grupo, Alex y yo decidimos romper la
unidad por la prisa en volver a Zaragoza; Latre se unió a
nuestra bajada. Allí quedaban Hector, Recio y Jorge.
La nieve seguía muy dura, con
capas de polvo cubriendo una tercera parte del suelo;
esparcidas anárquicamente por el viento. Unos giros largos
sin derrapaje, levantaban la nieve polvo cubriendo mis
piernas de blanco efímero. Notaba la velocidad en la cara
fresca, en el aire que azuza los oidos, en el rápido sube y
baja de las piernas flexionadas, aguantando cada vez peor la
inercia que produce el peso del cuerpo cuando los giros
deben ser más bruscos; aguantaba hasta
notar mis cuádriceps a reventar. Momento de parar, de
descansar unos segundos. A continuación, con la llegada al
ibón helado, la nieve va cediendo y su dureza se suaviza un
par de centímetros de espesor.
Cuando
llegamos al lugar donde descalzar esquís, le dije a Alex que
necesitaba comer algo -no comí nada en la subida-. David no
había llegado todavía y me parecía raro que no apareciese
dos o tres minutos de llegar nosotros. Resultó que no
encontraba las zapatillas con las que había porteado todo
hasta allí y que había escondido para recuperar a la bajada.
Cuando llegué abajo, al
coche, Alex y David estaban cambiándose y preparando todo para
cargar y marchar, me habían adelantado en tres o cuatro minutos.
Mi altímetro marcaba un desnivel salvado y descendido de 1.600m
(justos), subidos a una velocidad media de
8m/min
y bajados a una media de 30m/min, en un tiempo total de
4:35h.Todavía con la mochila a la espalda, les dije de una forma
más poética que crítica que, lo que realmente me gusta es estar,
vivir, disfrutar en la montaña, más que superarla y volver. A lo
que no recuerdo contestación. Desparramé mis cosas en el suelo y
me puse ropa seca mientras Alex metía sus cosas en el coche y
continuaba con las mías. Con una rapidez inusitada, estábamos
preparados para la vuelta a casa, eran las 13:25h. Despedimos a
David y partimos. Nos quedaba el viaje a Zaragoza, sin pausas,
para que Alex pudiera combinar otro viaje de tres horas y media
más, hasta la playa de Levante con su familia; motivo de nuestra
marcha apresurada dejando a nuestros compañeros todavía en la
montaña.
Donato Molina.
Aquí puedes ver otras fotos.
Pico de Lurien en
abril de 2007
Ver mapa.
Video de la
ascensión, by Hector Cuartero |