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La idea de escalar en Riglos apareció en mi buzón de correo
electrónico a principio de semana. Todavía era muy pronto para saber si
mis compromisos familiares iban a permitírmelo pero, desde el
principio mostré una intención positiva. El otoño es pleno y enseguida
vendrán los fríos. -Quizá ya no haya otra oportunidad mejor hasta la
próxima temporada -pensé- y, además, la última escalada en los mallos
me dejó el ánimo en tan buenas condiciones que, desde entonces, en el mes
de agosto, ya tenía ganas de volver.
El miércoles por
la tarde empecé a notar un dolor en la parte alta del culo que fue en
aumento hasta que, a última hora de la noche apenas me dejaba andar;
rotar o mover la cadera iba acompañado de un dolor inaguantable. -
¡¡¿Tan rápido me hago viejo?!! Ese día había cambiado el tiempo de
forma repentina, llovió y todo se volvió húmedo.
Al día siguiente
me levanté sin apenas dolor, pero con sensaciones raras. Pensaba en los
mallos. En casa no había ningún proyecto interesante de fin de semana, salvo la
visita de mis suegros que tan visto me tienen, y por tanto, antes incluso
de ir, ya estaba saboreando una "estupenda" mañana con su tarde
de viaje y escalada.
El viernes y el
sábado, el dolor volvió por la tarde intensificándose por la noche.
Estaba preocupado, a punto de echar por tierra mi ilusión. Cuando Enrique
me llamó el sábado para quedar, le comenté que me estaba haciendo viejo
rápidamente -¿será ciática? o reuma ¿?. Me recomendó un
anti-inflamatorio, "-tómate un Voltarén", y realmente noté el
cambio, pero las buenas sensaciones no eran del todo completas.
Por medio del
correo electrónico quedé con Diego en la puerta de nuestra casa.
Vendría con Dolores, su girlfriend, desde Berdejo, para viajar en su
Kadett rojo. A las 7:30 saldríamos de Calatayud. Ahora sólo faltaba que las previsiones de mala
méteo
que se anunciaban, se convirtieran en un error más de los hombres del
tiempo de la tele. Recuerdo que el sábado por la noche, mientras veíamos
el gráfico de la previsión para el domingo, mi mujer me dijo,
"¿... pero con el agua que os va a caer sigues teniendo ganas de
marcharte?". A mí me picaba el cogote: rasca-rasca. 
Cuando nos
estábamos acercando a Huesca, la parte alta de toda la sierra
prepirenáica estaba sumida entre espesas nubes. "El agua coquetea
con el aire, pero pertenece a la tierra", dije mientras miraba la
estampa por la ventanilla. De allí hacia el sur, el cielo estaba
limpio.
Unos pocos minutos
más tarde noté un cambio bastante grande: la sierra de Gratal empezaba a
enseñar algunas de las puntas, la espesura nubosa estaba cediendo con
rapidez. ... Paramos a repostar en la estación de servicio de la Venta
del Sotón. La temperatura era más alta de lo normal a estas alturas y a
esta hora, unos 20 grados.
...
Cuando llegamos a
Riglos pasaban de las nueve de la mañana y el aparcamiento junto al bar
estaba casi lleno de coches; el movimiento de escaladores era dinámico, por todos
lados, preparando los trastos, dirigiéndose a las paredes o escalando
ya... Empezamos a elegir los hierros sin pausa y decidimos de forma
definitiva, porque hasta entonces no había quedado del todo claro, la vía en la
que nos íbamos a meter: el Mango del Cuchillo. Tomé mi pastilla de
Voltarén con un poco de desconfianza mientras Dolores estaba recabando los
últimos detalles de lo que iba a ser su mañana de senderismo por la zona
de los mallos, a los que visitaba por primera vez. No le noté sensaciones
especiales de admiración como las que yo sentí mi primera vez, hace ya
26 años, y que recuerdo bien porque me dejaron empequeñecido, humillado.
Partimos hacia la
base con 16 cintas exprés, algunas bagas, unos pocos friends, un estribo,
dos cuerdas de 9 x 60, ... un litro de agua con Isostar, ... y ganas de
empezar. No tiene pinta de llover, ni hará frío. En la rampa de
acceso a la base de la pared, mis compañeros me van dejando atrás con
rapidez, parece que tienen prisa por empezar, o ... es que mis
desconfianzas se apuntan una nueva evidencia. Hay mucha actividad en la
zona de los Volaos y en el Macizo, pero en el Cuchillo somos los únicos.
Voy a utilizar mis
nuevos pies de gato Ballet Gold, unos clásicos de Boreal; que me machacan
los tendones de aquiles al rato de llevarlos. Para evitarlo, relleno los
talones con un doble del calcetín y un trozo de tela. Eso convierte la
acción de calzarme en un pequeño rito que hay que realizar bien para
evitar sufrimientos posteriores. Cuando Enrique pretende encordarse, le indico que
quiero empezar yo. Son las 10 de la mañana recién pasadas.
L1 (V).- La
vía comienza desde una terraza rocosa, donde una pequeña cueva nos
permite ocultar nuestras zapatillas hasta la bajada; con una pequeña
panza que me reclama atención, ¡estás en Riglos!; chapo, coso, tanteo,
pienso,... fuerza y para arriba. A continuación otro desplome más,
parecido al anterior, igual de bien asegurado. Y sigue una bonita placa de
roca anaranjada, segura. Cuando estoy llegando a la Cueva
Palomar, dije una tontería que no recuerdo y comenzó un ruido muy
familiar: me sentí en la oficina, justo en el momento en que el
termostato pone en funcionamiento el aire acondicionado, pero con mucha
más fuerza; y en dos segundos apareció por mi izquierda una buena
bandada de palomas asustadizas. Enseguida entendí por qué ese nombre a
la cueva. A la reunión se accede bien asiendo una gran piedra roma
castigada con palomina; tiene en su base plana dos parabolts y un viejo
spit roñoso.
Estoy sudando por
todos los poros de mi piel, es una pasada, hasta los cristales de mis
gafas están llenas de sudor viva. Sin darme cuenta, mis pensamientos
están de nuevo con mis hipocondrías. Triangulo con una cinta plana,
coloco mi reverso, recupero toda la cuerda y llamo a mis compañeros. ...
Mientras suben, examino un poco el principio del siguiente largo, ...
parece muy bien equipado, tiene tres chapas de doble agujero muy cercanas
entre sí. Enseguida llegan mis amigos; primero Diego, y justo detrás mi facultativo
accidental y regular.
Estamos bajo un techo que nos permite estar sentados o agachados pero no
de pie, en una prolongación a la izquierda de la Cueva Palomar mirando
hacia el exterior; allí hay un pequeño manantial que brota del techo.
L2 (A2 con
estribo, o A0 tirando con fuerza de las cintas, o 7a+ en libre el paso de
la cueva. Y V+ la segunda parte del largo).- Enrique se lo toma con la
debida calma y mecánica. Una primara chapa se coloca bien. Y tirando de
ella llega sin grandes problemas a la siguiente, donde pasa primero una
cuerda y luego la otra tras una sencilla distribución de fuerzas ayudados
con mi reverso. Sobre la segunda chapa coloca el estribo, que cae bastante
separado de la pared, pero ideal para liberar de fuerza a los brazos. La
siguiente chapa da paso a la verticalidad, dejando atrás el desplome. Ha
sido bonito y espectacular. Enrique sigue despacio, por la fisura-chimenea
que no debemos dejar, viviendo de lleno la aventura que trae la falta de
seguros equipados.
¡¡Reunión!!. Con unas perfectas anillas. 
Diego se prepara y
comienza; y tres metros por debajo de él progreso yo. Superar el techo no
es problema con el estribo, y después, la placa tampoco presenta grandes
problemas, entre otras cosas porque desde atrás no hay que ir buscando
sitio para los seguros; La roca es agradecida, los pasos exigen
concentración pero permiten descansos para los brazos. Y de nuevo los
tres juntos. Entre Enrique y Diego se reparten la única máquina de fotos
que llevamos. La mía la tengo rota desde mi visita al Posets el mes
pasado; se niega a seguir trabajando.
L3 (V+)
Continua Enrique, sobre un terreno muy parecido al anterior. A veces
fisura en la que se pueden empotrar las manos, a veces estrecha chimenea
en la que empotrar todo el cuerpo. Bolos grandes, pequeños y, tanto
bastos como finos y pulidos. El largo sigue escaso de seguros fijos, con
lo que Enrique debe buscarse la vida con cintas sobre puentes de roca o
saliente de roca (sin puente) y algún friend. Y reunión.
Diego y yo seguimos
la misma rutina, bonita, acumulando posiciones del cuerpo muy diversas,
algunas extrañas y soltando algún que otro bufido por el esfuerzo.
Observo que mientras yo subo sin apenas esfuerzo de brazos, Diego se
empotra literalmente en algunos pasos haciendo necesario mayor esfuerzo de
sus brazos y en ocasiones reptando. Intento corregirle un poco recomendándole
utilizar las presas más externas para que el cuerpo evite los desplomes y
la gran verticalidad; pero eso equivale a una mayor exposición, con el
vacío casi siempre bajo los pies y no parece gustarle demasiado.
Cuando llego a la
reunión, mis pies están casi dormidos debido a la opresión de los
gatos. Lo vengo sufriendo desde la anterior reunión, pero no he
encontrado un buen momento para aflojarme los cordones. Así que eso y un
buen trago de líquido reparador con una barrita energética, parecen
darme un buen aliento para continuar. Enrique me
invita a seguir de primero, pero me excuso eligiendo el siguiente
largo.
L4 (V) Este
largo es un calco del anterior, pero un poquito más fácil. Se sube más
rápido y disfrutando de la vista. Mirando abajo pienso que bastaría un
paso sobre el vacío para llegar al suelo sin tocar la pared. Sin embargo, esa verticalidad la salvamos bastante bien
utilizando la fisura natural por la que discurre la vía. Enrique nos
llama nuevamente. Ha montado la reunión en una buena repisa donde la
fisura pierde casi toda verticalidad, sobre un parabolt y un friend
bien colocado. Pero ... ¿y las anillas?.
L5
(embarcada IV+). -Amigos, según la guía de Felipe Guinda del año 2000,
esta vía tiene cinco largos, por tanto, nos queda uno más la reunión a
la que todavía no hemos llegado. Eso sí que me lo he estudiado pero, no
puedo reconocer ni dónde ni cómo acaba la vía, así que en adelante, ya
veremos qué hay.
Relevo a Enrique
siguiendo la repisa en que se ha convertido la fisura-chimenea. Tras un
arbusto encuentro la última chapa antes de la reunión, que está a 7 u 8
metros de donde Enrique montó la reunión. Coloco una cinta exprés sobre
una de las anillas y continúo con el largo. Un primer arbusto me permite
colocar una baga. Sigue una pequeña travesía sobre repisa colgada y en
la rama de una sabina consigo colocar otra baga. A continuación tengo que
superar un muro bastante vertical en el que no puedo colocar ningún
seguro, ¡¡y todas las piedras están sueltas!!. Con el cuidado del que
está pisando huevos consigo superar el muro y colocar una cinta exprés
rodeando el tronco de un pequeño arbusto. Las curvas que ha tomado la
cuerda hacen que pese demasiado y me sea muy difícil progresar sobre un
terreno muy inestable, mezcla de roca descompuesta y tierra herbosa.
Aunque creo que mi dirección debe ser a la izquierda, me dirijo a la
derecha para llegar lo antes posible a un gran árbol que me servirá de
reunión. Llamo a mis compañeros y cuando llegan hasta las anillas de la
reunión, Enrique concluye que la vía termina allí. Efectivamente, me
doy cuenta yo también. ¡Cómo no me habré percatado antes después de
un largo sin un solo seguro fijo!. Decido rapelar con una de las dos
cuerdas sobre el tronco del árbol, porque esto y seguro de que si utilizo
las dos, tendremos problemas para recuperar el nudo entre ramas y
arbustos. -¿Y si no llega el rápel? -cuestiona Enrique. -Pues entonces
resolveremos con el problema encima.
Por un momento
estuve a punto de decidir destrepar el largo, pero elegí la mejor
opción, porque el terreno está muy descompuesto, y aun con todo el
cuidado cayeron algunas piedras; una de ellas de más de cinco kilos, que
me puso frenético al gritarla. La suerte hizo que el rápel viniese
justo; escasamente sobraron 3 metros de cuerda. Mis compañeros tuvieron
que ayudarme para poder llegar hasta la reunión por el riesgo de un
péndulo en condiciones.
Desde allí inicio
el primero de los rápeles de la vía (mi segundo), que va a parar, 50
metros más abajo, a una repisa encajonada dentro de la chimenea de la
"Endrija por donde Dios manda". Otro rápel más podría llegar
hasta abajo con nuestras cuerdas de 60 metros, pero no puedo verlo
todavía cuando llego a otra de las reuniones, tras 25 o 30 metros de
bajada; así que para evitar problemas mayores, decido terminarlo allí
mismo. He bajado algunos tramos volados, por una chimenea en la que se ven
varios techos parecidos a los de la Pany Haus. Lo curioso es que en la
guía de F. Guinda la reseña marca 5c, sin A, la cual, a primera vista me
parece susceptible de tener errores, porque esos techos no pueden ser V+.
Y desde allí hasta
abajo en otro rápel de 30 ó 35 metros. Son poco más de las 14:30 cuando
los tres llegamos abajo. Contentos y felices, hambrientos y cansados. Una última foto, un
pequeño paseo hasta donde espera Dolores, que no ha tenido problemas, un
rápido cambio de ropa y al bar, a por nuestro merecido bocata con buena
jarra de cerveza.
Y hasta la
próxima.
Enrique ya ha
manifestado su deseo de subir pronto hasta la cima del mallo, enlazando
con la vía de "La Uña del Cuchillo". Pero esa será otra
historia.
Donato
Molina
Enrique
Recio
Diego Quesada
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