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No
había visitado nunca esta parte del Sistema Ibérico. El
Pirineo siempre me ha ejercido demasiada atracción comparada con
las posibilidades teóricas de esta tierra. En dos ocasiones
llegué hasta la Sierra de Urbión, tan cercana a esta
sorprendente sierra hermana, pero eso; ocurre que hablar de esta
parte de la montaña siempre me ha parecido lejano, y hasta poco
digno del viaje teniendo otras mayores alturas. ¡Qué gran
error, caer en comparaciones tan heterogéneas!
Nuestra
intención era doble: por una parte, Juanote y Enrique
querían comenzar la temporada de hielo escalando en
alguna de las cascadas, mientras que yo intentaría subir
las tres cumbres que presiden el hermoso entorno de las
lagunas, Laguna (2.006m), Campiña (2.049m) y Contadero
(1.830m).
Teníamos
previsto volver pronto, antes de la hora de la merienda, o
mejor a los postres de la comida; eso equivalía salir muy
temprano, y a las 5:15 ya partíamos desde Calatayud camino
de Soria (90 km.), continuando por la misma N234 hasta
Navaleno (50 km. más). No sabíamos si ese iba a ser el
mejor camino, pero al menos era el más corto y el que
menos kilómetros tiene de carreteras secundarias.
Todavía
era de noche cuando llegamos a Navaleno y nos pasamos de largo
un par de kilómetros, lentos, buscando el cruce que nos
debía llevar a Quintanar de la Sierra, nuestra principal
referencia. Parada obligada, estudio del mapa y vuelta a
Navaleno para tomar el cruce que marca a Canicosa de la
Sierra, que por error no habíamos tenido en cuenta en
el primer paso.
Sólo
nos quedaban 16 kilómetros a Canicosa y 5
más a Quintanar, pero se trataba de una carretera de
montaña nevada desde el mismo Navaleno. Subíamos y
subíamos sobre una carretera cada vez más blanca y
emocionante, alargando la necesidad de poner las cadenas
por lo desagradable y pérdida de tiempo que ello
conlleva. Pero no tuvimos elección, porque si bien la
subida nos permitió llegar arriba sin problemas, la
bajada y sus curvas cerradas estaba poniéndonos en serios
aprietos de seguridad. El coche derrapaba cuando, todavía
muy oscuro, las luces de Canicosa brillaban muy abajo,
lejos aún.
Y
aquí tuvimos nuestra mayor aventura del día, porque la
falta de un simple tensor en una de las cadenas no
permitía su ajustarse completo a la rueda. Nos amaneció
abrazando las ruedas, relevándonos en las posiciones de
cuerpo a tierra (sobre el hielo) tratando de acopar esa
red metálica. El termómetro marcaba -10 grados.
Acostumbrado hace años a ponerlas, nunca me había pasado
semejante "comedia". Y todo para que en los escasos dos kilómetros
en llegar al pueblo tuviéramos que quitarlas nuevamente; ¡con nuevas "comedias
cuerpo a tierra!. Los dedos casi se me hielan, las orejas se
me acartonan y el ánimo..., se pierde por momentos cuando
veo, con el día
ya muy claro, que la sierra está cubierta por una espesa boina de nubes estáticas;
y todavía nos queda llegar a Quintanar y subir el puerto
del Collado. La carretera hacia Neila por el Collado está
completamente nevada. Dudamos unos minutos en seguir hacia
el Collado y finalmente
nos arriesgamos cuando vemos una furgoneta subir con
cuidado.
En
el puerto, una docena de coches se ha dado cita con
nosotros. Unos comentarios antes de salir nos dicen que
las cascadas no están bien formadas porque han soltado
demasiada agua del embalse. La niebla no nos alcanza pero
no nos permite ver las cimas. Mis compañeros renuncian en
gran medida a su objetivo dejando en el coche las cuerdas
y los anclajes. Decidimos foquear hasta ver más arriba
qué posibilidades se nos presentan.
Y
aquí comienza un hermoso paseo por pendientes poco
pronunciadas, por ancho camino o por ancho cortafuego, que
van entrecruzándose en cada zig-zag del camino. El manto
nivoso es espectacular, de calidad excelente, pero el
frío es intenso; el bigote se me está cubriendo de
pequeños mechones de témpano al quedarse helada la
respiración que exhalo.
Los
árboles mantienen una cantidad de nieve en sus ramas que
parece increíble. Observo algunos y veo que el tremendo
peso que están aguantando les obliga a mantener las ramas
muy caídas, humilladas. Algunos al borde del camino que
no han soportado todo el peso, se han venido abajo y,
todavía verdes, cortan buena parte del paso.
La
llegada a las puertas del Parque Lagunas Altas bifurca el
camino: a la derecha, el camino lleva a la Laguna de la
Cascada, y a la izquierda nos lleva al mirador y al resto
de lagunas. Prácticamente hemos renunciado a nuestro
objetivo inicial, la niebla sigue sin dejarnos ver la
parte alta. Nos cruzamos con alguno que ha decidido
volverse ante el mal panorama. La Laguna de las Pardillas
es un claro entre el bosque, un manto blanco. El mirador,
a duras penas nos permite ver algo de claridad tras la
oscura cortina de nubes. Mi cámel-back, que contiene
litro y medio de tang, no puede pasarme el líquido que ya
estoy necesitando porque el tubo de distribución está
helado, debí haber cogido la cantimplora de aluminio. Por
un momento comentamos entrar en el refugio que hay cerca
del mirador, pero seguimos foqueando, subiendo las
últimas suaves rampas antes de llegar a la parte más
alta del camino. Una barrera, que pasamos por un lado,
marca el inicio de un camino más estrecho y
prácticamente llano que nos deja en un mirador protegido
por una gruesa valla de maderos. Decidimos que aquello es
nuestro final porque las nubes, ya más cerca de nosotros,
siguen sin dejarnos ver las cimas; porque continuar el
camino que llevan algunos montañeros supone descender
altura en dirección desconocida; porque el sitio al que
hemos llegado, está siendo azotado por un viento helador
que, a duras penas me permite quitar las pieles de foca y
comer un poco; porque es casi mediodía. Debemos salir
pronto de ese hermoso -para la vista- infierno -para el
tacto-.
La
vuelta es bonita. La nieve profunda, en ocasiones nos
frena por la falta de inclinación, pero otras veces nos
permite disfrutar de largos trechos de bajada cómoda y
divertida. Vamos adelantando sin esfuerzo a los que bajan
andando, y cruzándonos con los que se aventuran en la
subida. En la parte baja, el sol se ha venido imponiendo y
nos muestra la nevada con toda su luminosidad,
espectacular. Incluso se ha limpiado casi toda la
carretera, quitándonos cualquier temor de tener que
volver a colocar esas odiosas cadenas. Comenté a mis
compañeros que podría forrarme con un invento para
colocar las cadenas: podrían ir dentro de los tapacubos
de las ruedas, y se colocarían automáticamente con sólo
pulsar un botón desde el puesto del conductor. Lo
difícil se plantea en cómo hacer que el mecanismo
funcione :-))
A
la vuelta, decidimos llegar hasta la carretera N234 por
medio de la que va desde Quintanar de la Sierra hacia
Duruelo de la Sierra, Covaleda, Salduero, Molinos del
Duero y Abejar; en mucho menos tiempo que por el camino de
la mañana. Y a las 15:30 horas en casa, cansados pero
contentos a pesar de todo.
Salud
para todos.
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