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Sábado
16 de diciembre de 2000
Enrique.- Nuestro
club, se incorpora este año a esta bonita tradición montañera.
El día elegido era el 17 de diciembre, y el lugar la cresta
de Embid. Por diversos motivos, no todos podemos asistir
y decidimos repartir la actividad en dos días, sábado 16
y domingo 17.
El sábado amanece luminoso pero muy frío. La idea ha gustado
y al final somos siete, participan desde un fundador del
club hasta uno de nuestros escaladores infantiles.
La aproximación resulta agradable y el frío va desapareciendo
de nuestros madrugados cuerpos. La cresta está orientada
al noroeste y no esperamos ver el sol hasta muy arriba.
Carlos, Rubén y Natalia comienzan a escalar en el lugar
habitual. Ricardo, Luis y los Enriques lo hacen desde la
segunda aguja.
Al lado de las anillas del segundo rápel, en una oquedad
de la roca creemos que es el sitio adecuado, hoy la Virgen,
San José y la cuna del niño, mañana el resto.
El
resto de la escalada se hace divertida aunque todos seguimos
quejándonos del frío. El sol por fin nos acaricia cerca
de la cima y su calor junto al brindis con sidra y los buenos
deseos para todos nos llevan a casa con la sensación de
haber pasado un día de los que merecen la pena.
Enrique
Recio
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Ricardo.- En mis años de montañero he escalado la Cresta
de Embid, o la vía Tiroriro Flash, de distintas maneras
y en todas las épocas del año, pero siempre tengo la sensación
de hacer una gran cumbre del Pirineo, y siempre encuentro
aliciente para volver a ella.
Sábado, día 16 de diciembre: el pronóstico del tiempo para
hoy no es muy bueno pero, sorprendentemente, hace
un día estupendo. Aquí en Aragón a estas alturas del año,
eso significa que hace un frío que pela; el termómetro del
coche marca un grado bajo cero.
Estamos pasando las últimas curvas antes de llegar a Embid
de la Ribera. Al girar una de ellas aparece todo el macizo
de la Noguerilla, quebrado y altivo hasta 950 m. de altitud,
450 por encima de donde estamos. Allí perviven un montón
de piedras desordenadas que mantienen contacto con el aire
puro y comparten el lugar con los buitres leonados que surcan
los cielos de este pago tan extraordinario.
Pronto se acaba el viaje motorizado y hay que bajar del
coche. Aquí siempre hace viento; la sensación térmica es
de 3 ó 4 bajo cero. Nos ponemos en marcha por la senda que
nos depositará en veinte minutos a pie de cresta. Cuesta
calentar pero ya empieza a sobrar la ropa; y cuando te quieres
cansar, ya estas poniéndote el arnés y los gatos.
Comienza la escalada por grandes piedras fisuradas; pasos
fáciles que sin darte cuenta te alejan del bendito suelo.
Según asciendes, te crees transportado a una cresta pirenaica
de las que poco tiene que envidiar.
El primer tramo acaba en una aguja de la que descendemos
en un rápel cortito para poder seguir con una segunda aguja
fácil pero vertical, que te sitúa en medio de la cresta;
su cima es como una gran terraza desde la cual puedes divisar
toda la zona. El frío se deja notar, las manos hace rato
que se despidieron del cuerpo (como dice Rambo “¡No siento
las piernas!”), ni las manos, ni la nariz , ni las orejas,
en fin que lo único que siento es frío.
Este año hemos decido poner un Belén en esta aguja, así
lo hacemos, pero no hemos venido todos, "sólo":
Enrique Recio, Luis Garchitorena y su hijo Enrique de 10
años, Carlos y Rubén Aragües, también nuestra valiente chica
Natalia, y un servidor. Así que sólo ponemos parte de dicho
Belén, y mañana lo hará la gente restante: Donato, Carlos,
Roberto y alguno más.
Como
decía, la cosa no está para protocolos; bajamos de la aguja
con un rápel mas largo y volado.
Ante nosotros tenemos el largo mas difícil de la vía (V),
que con la temperatura que hace puede quedar en un paso
de 6 bastante duro; y aún encima, por las fisuras rezuma
algo de agua, así que da bastante la risa. No hay peleas
por hacerlo de primero; Enrique Recio toma la delantera,
las manos le pasan tributo: una cinta al vacío en el paso
difícil, consigue chapar pero la tontería de las manos y
la fisura húmeda le hacen dudar unos segundos, pasa la cuerda
por el seguro y sigue para arriba sin vuelos ni contratiempos.
Yo, esta vez, he sacrificado subir este largo en pro de
la fotografía, pero visto como le ha ido a Enrique, tampoco
lo hecho de menos. Después sube el pequeño de hoy,
Enrique Garchitorena, que con diez años y el frío reinante
ha demostrado tener un espíritu de sacrificio y una motivación
por la montaña que quita el hipo. Bravo Enrique, con alguna
ayudilla logra pasar este difícil largo de hoy.
Nos
estamos acercando al espolón central, nos siguen los Aragües
y Natalia con rostros blancos y pocas palabras. Antes de
acometerlo me pongo unos segundos pantalones y cambio los
pies de gato por las botas de montaña; ahora voy de primero.
Empieza el final de la vía, las vistas son excelentes pero
hay que estar atento pues el primer tramo está bastante
roto y se puede tirar alguna piedra a los compañeros.
Siento
un dolorcillo en el lado derecho de la cabeza; de pronto
me doy cuenta que es mi oreja derecha que despierta de su
letargo al recibir los primeros rayos de sol. Pongo una
“T” y un poco mas arriba un fisurero hexagonal, a los mas
jóvenes les sorprende encontrarse con esta ferretería fina,
y se preguntan por qué aquí no hay parabolts.
Alcanzo las ultimas terrazas, que están llenas de las muestras
de convivencia roca–buitre; mejor no
tocar mucho. En lo mas alto de la cresta se respira más
templado. Llamo a mis compañeros para que terminen la ascensión,
y todos juntos celebramos el final de la vía, el final de
una jornada heladora y el comienzo de otros
sueños montañeros que nos acercarán de nuevo hasta aquí
y a otros lugares de los cuales seguiremos disfrutando la
compañía de los amigos y compañeros de fatigas.
Ricardo Cortés Lázaro
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Domingo
17 de diciembre de 2000
Donato.-
La noche ha sido despejada. Casi son las ocho; y la luna,
muy alta, un poco más de media, aporta con su manto una
penumbra limpia y blanca. Tras la ventana puedo percibir
la quietud, ni una brizna de aire mueve las débiles hojas
que todavía se resisten a caer. Hay una buena escarcha.
En
el punto de encuentro hay puntualidad y una falta: allí
estamos Roberto López, Juan Florit, Carlos Roy y un servidor;
falta Ramón Puebla, con una sorpresiva indisposición.
Desde
el cálido habitáculo que nos transporta por las hoces del
río Jalón camino de Embid de la Ribera, voy atendiendo el
termómetro que indica la temperatura exterior, despacio
adrede, tratando de hacer tiempo para que el Sol más débil
del año caliente, al menos un poco el ambiente, que llega
hasta 2,5 grados bajo cero. Hasta intento consolarme recordando
que el invierno pasado fuimos a las paredes de Embid de
Ariza con 8 bajo cero.
Paramos
unos minutos en las paredes de La Cantera, frente a La Bellota.
Desde allí ya divisamos La Cresta, sorprendente, impresionante.
Hace aire helador.
Un
poco más de coche y ya estamos a las puertas del campo de
fútbol, punto de partida de la aventura. Sigue haciendo
aire, una brisa ligera que penetra y molesta. Sin embargo,
hay algo que escapa a mi lógica: en la otra vertiente del
río hay una cima que no puede verse debido a una nube, pegada
como una boina; ni se mueve ni se moverá en más de una hora.
Más adelante la veré extinguiéndose ante los impiadosos
rayos del astro rey.
Con
mucha ropa de abrigo seguimos la andada de ayer de nuestros
compañeros, un paseo de casi media hora en el que la belleza
aumenta a medida que se avanza.
Roberto
lidera cordada con Juan, y Carlos conmigo, que encabezo
el grupo. Dos cordadas de dos, ninguna mano tocando el frío
granito, ocho guantes para los cuatro; cuatro cascos y todos
sobre gorro.
Un
primer largo nos entona (algún paso de III), los friends
parecen estar hechos para esta roca. El segundo nos deja
en lo alto de la primera aguja (III). Un pequeño rápel nos
deposita en la base de la aguja más característica. El tercer
largo la escala completa (III+); en su cima se encuentra,
esperándonos, el medio
Belén. Allí cambié por unos minutos los pies de gato por
las zapatillas de montaña porque el frío estaba congelándome
los dedos. Una vez completado el nacimiento, seguimos con
el segundo rápel, éste más largo y técnico. El cuarto largo
no es vertical, sigue la cresta superando bloques y contrafuertes
(III). El quinto largo tiene la mayor dificultad, pero está
asegurado con espits (V); para superarlo nos hemos desprendido
de los guantes. El sexto largo, horizontal, evita la peligrosidad
del ensemble (I). El séptimo, el más largo de todos, de
unos 50 metros (IV-), nos lleva casi a la cima, unos metros
más abajo. Si se va con buen horario, es aconsejable hacerlo
en dos largos para evitar el excesivo peso de la cuerda
por el roce.
Y con la cima, la alegría, la celebración, el buen espíritu,
lo inútil conquistado. Panorámica impresionante, terreno de
buitres.
Por
la senda de bajada voy notando la queja del estómago, son
las dos y media de la tarde.
Y
abajo, Roberto y Juan confiesan su agradecimiento a La Cresta:
les ha gustado. Carlos y yo ya la conocíamos bien, y nos
sigue cautivando.
Donato
Molina
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Y
algo a tener en cuenta: Para evitar interferir en el la
nidificación y desarrollo de los buitres, conviene
no frecuentar la zona hasta el mes de julio.
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