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Los Alpes 2001 El día 29 de julio Juan, Alfredo y servidor salían con destino a Chamonix a iniciar la primera experiencia alpina para dos de nosotros. Salimos por la tarde de un viernes cargado de material y de comida que el bueno de Alfredo había calculado para el doble de los que éramos o el doble de tiempo. Hicimos noche en un área de servicio de la autopista francesa (Barcelon-Monpelier-Valence-Grenoble- Chamonix). Están muy bien dotadas pero hay que seleccionar bien el sitio donde quedarte dormido por dos razones: la primera que suele haber cierto riesgo de robos por bandas organizadas y la segunda porque el riego automático se enciende a media noche. La autopista puede pareceros cara pero es lo más rápido y directo, además dentro de poco con los euros nos era más fácil. Sin ninguna otra incidencia llegamos a Chamonix por la tarde del sábado. Utilizando la experiencia de Alfredo, llegamos al camping recomendado por él. L`iles des Barrats, muy europeo y algo caro pero merece la pena por la amabilidad de los dueños y los servicios que tiene. Tras sobrecogernos con el paisaje que allí se veía y tras organizar el cotarro, preparamos la salida visitando la casa de la montaña en el centro de Chamonix. Es paso obligado para todo montañero que quiere subir al macizo del Mont-Blanc. Además de los datos climatológicos, hay reseñas de los picos, de las rutas, y en algunas ocasiones recientes y en castellano, escritas por predecesores que ya han estado por allí arriba. Sino encontráis reseñas en castellano recientes y no sabéis francés como Juan, no hay problema porque es fácil encontrar a alguien que hable castellano. Al día siguiente, preparadas las mochilas salimos a por el autobús urbano de Argentiere, para llegar con todo el equipo hasta el teleférico de Les Gran Montans. La parada del autobús está en el centro y los horarios están puestos por allí mismo. El teleférico te deja a 3300 metros y con un ligero descenso alcanzar y atravesar el glaciar de Argentiere hasta llegar al refugio de madera de Argentiere (2900). Para algunos esta era la primera experiencia en glaciar con lo que la emoción interna se dejaba ver por fuera para curiosidad y suspicacias de los compañeros más avezados. El ambiente en el refugio era impresionante por la cantidad de gente, por el buen tiempo (excesivo) y por el circo de 4.000 que nos rodeaban. Muy pronto localizamos la Aiguille Verd frente a nuestros ojos. Imponente pared de roca y hielo que queríamos intentar al día siguiente. Después de descartar la cara norte de la Aguille de Argentiere dejamos todo preparado para el día siguiente y nos echamos a descansar tras una especie de cena con alimentos que en otras circunstancias probablemente no definiríamos como comida en un lugar normal. Madrugando mucho pero menos que la mayoría de la gente, comenzamos a subir por la ruta normal de la Aiguille de Argentiere. El amanecer fue espectacular, viendo como el sol alcanzaba a tres motitas en la pala final de la Aiguille Verd. Viendo semejante paisaje, saltando semejantes grietas entre el hielo, uno se siente pequeño, pero esa sensación iba a cambiar en seguida. Pronto el cansancio y el mal de altura hizo mella en alguno de nosotros. Nuestra ortodoxia en el equipamiento nos hizo llevar dos cuerdas y estar separados una buena tirada de metros. Alfredo se portó como un campeón tirado de nosotros. Cuando ya creíamos que jamás llegaríamos alcanzamos la cresta final. Allí el paisaje iba a ser el más espectacular de todos los vistos y soñados. El ejemplo lo tenéis en alguna de las fotos de la colección. La cabeza se iba y hasta pasado unos minutos y tras reponer agua y algo de alimento no fuimos capaces de alcanzar con precaución la cima del pico. Uno no se siente inmensamente feliz, sino que la sensación de estar allá arriba es indescriptible, ya entendemos de nuevo por qué hemos venido, por qué de tantas penalidades. Como dice la cima del Moncayo, el esfuerzo hace crujir los huesos pero ilumina el rostro. Los nuestros eran unos rostros agradecidos. Tas unos minutos y constatar que éramos los últimos en haber alcanzado la cima iniciamos el descenso con tranquilidad, pues como bien sabemos por las últimas desgracias montañeras la cima no está arriba, está abajo. El descenso fue algo más costoso de lo que esperábamos, hacía mucho calor y no encontrábamos agua con la que reponer nuestra vacía cantimplora. Pero finalmente y tras salir del glaciar que se derrumba como una cascada encontramos el preciado líquido y llegamos al refugio. EL RESTO DEL DÍA DE DESCANSO ¡ bien merecido. Tras evaluar nuestras posibilidades de éxito decidimos no intentar la Aguille Verd por nuestro bajo estado de forma y por el peso que llevábamos encima. El Amigo Alfredo quería subir por un lado y bajar por el otro. Ay Madre¡ pensó el bueno de Carlos. Finalmente recorrimos el glaciar de Argentiere desde arriba hasta abajo y volvimos a coger el teleférico que nos deja de nuevo en Argentiere. Como la llegada a Chamonix la hicimos a medio día y nos dio tiempo a descansar, reponer fuerzas, y hacer unos amigos portugueses que se preparaban para el Cervino, decidimos subir al día siguiente al valle blanco para hacer noche e intentar Mont Maudit (4465 m.) Llegamos al teleférico más turístico del valle a las 11:00 de la mañana (madrugar no era nuestro fuerte). Este teleférico es el que utilizan todos los turistas para subir a la Aiguille du Midi. A las 15:00 comenzábamos el ascenso a la aguja. Tas 45 minutos llegamos a arriba y tras equiparnos salimos a la fabulosa arista que un tanto expuesta pero que con buena huella hace que no querías mirar más que al suelo y ver donde pones los pies. ¿Lo peor?, el cruce con otra gente en la mitad. Tras recorre el tramo peor, unos fotos para nuestro y vuestro deleite y finalmente bajada al valle. Elegimos el sitio con menos “mierda” (literal) y nos dedicamos a dar una vuelta por el entorno a disfrutar del paisaje del sol y de las escaladas en las paredes de la cresta de los Cosmiscos. Y venga gente y venga peña. A las 2:00 de la mañana cuando nos levantamos la subida hacia el Mont-Blac du Tacul era una procesión de luces, a la que pronto nos incorporamos. La subida nocturna es toda una experiencia, saltando alguna que otra grieta y no viendo los precipicios ni los serac por los que pasas. Cuando llegamos arriba del collado ya estaba amaneciendo y decidimos que no estábamos muy pa`ya, así que cogimos la cresta del Mont-Blac de Tacul y pa arriba, en poco más de 30 minutos y no sin pocas dificultadas en el tramo final (al menos para el novato), llegamos a cima. Pronto Juan dejó improta en ella para las decenas de persona que nos iban a preceder. Fuimos los primeros y nos quedamos un buen rato disfrutando del paisaje. Después de un buen rato y de ver la amanecida, decidimos comenzar a bajar. Por supuesto mucho más rápido de lo que había supuesto la subida. Tas llegar a la tienda y descansar una miaja recogimos los bártulos e iniciamos la penosa subida por el costarrón y cresta que nos llevaba a la Aiguille du Midi. Una vez allí y tras mezclarnos con los numerosos turistas recorrimos un poco los agujeros de la roca y finalmente descendimos dejando a tras el mundo hipnótico de las nieves perpetuas. Se acababa lo que se daba. Tras todo un día de vagueo, al día siguiente tras una semana de estancia en Chamonix iniciábamos el regreso a casa satisfechos, alucinados, y deseosos de regresar pronto. Éramos conscientes de la suerte que habíamos tenido y de la necesidad de mejorar nuestro estado físico. La verdad es que me encantaría poder contaros los números desglosados pero los números los tiene el bueno de Alfredo, pero haceros una idea que toda la semana, comida comprada en España, gasolina, autopistas, camping, teleféricos y extras (pocos), nos salió por algo menos de 50.000 pesetas. Espero que esta pequeña narración os sirva un poco para haceros a la idea de lo que es, al menos tenéis las fotos que son más gráficas. Un saludo y hasta pronto. Carlos Baraza ( cbaraza(arroba)cmayud.com) |
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